
viernes, 9 de marzo de 2012
Todos juntos con Vallejo

jueves, 8 de marzo de 2012
El bar, la plaza, la literatura y la vida
Augusto Rubio Acosta
El bar, sin duda el confesionario más democrático de los existentes, le sirve al escritor para realizar apuntes (escritos o mentales), para recolectar aforismos, crónicas, vivencias, miradas, fotografías (mitad realidad y mitad ficción), “mundos” surgidos de la soledad personal y de la observación de la soledad ajena, aunque haya ido acompañado a compartir un pisco, un chilcano, una de esas pócimas frozen “marca Perú” para combatir la apabullante asfixia del verano (cruel), de la vida.
El escritor, en su condición de caminante de bares y aprenhendedor de realidades y mundos, lleva siempre un cuaderno (o una laptop, con los tiempos 2.0 que corren) donde anotar lo que observa. Pero el estar solo y observar la soledad de los otros no siempre alcanza. El ir y venir de los mozos, el vocingleo de los vecinos de mesa, la ondulante naturaleza de los toldos publicitarios que protegen del sol a quienes prefieren un bar con mesas ubicadas sobre la vereda (en la calle, en la plaza), la música que vomitan los parlantes, y hasta las primeras palabras que se intercambien con nuestro interlocutor, cambian muchas veces la perspectiva del “viaje”, de los apuntes, de los tweets y de la tarde-noche, la conversa misma, la existencia.
¿Es posible arreglar el mundo desde una mesa de bar frente a la plaza?, ¿cómo desenredar el día que otros enredan desde una barra o desde sus prostitutos cargos públicos?, ¿cómo shit prolongar el tiempo en ese aposento de sosiego donde se cruzan vivencias de calle, sexo, arte, ciencia, política, literatura, amor, música, vida?
El ser humano es una minúscula réplica del mundo, qué duda cabe, y en un bar (como en cualquier lugar) pueden habitar todos los bares (y todos los mundos). En “Crimen y castigo”, de Dostoiewski (para solo poner un ejemplo), por los bares de San Petersburgo transitan “gentes mal vestidas”, en ellos -en sus ambientes cerrados, oscuros y mal ventilados- se refugian los proletarios así como gente de mal vivir, anidan ahí las víctimas del sistema social de las cuales el autor intenta resaltar el sentido fatalista de su destino. Y así, en general, la función simbólica de los bares y cantinas en la literatura es constituir una especie de ‘locus amenus’ para los marginales dentro de una urbe en crecimiento o decadencia, refugio confortable y de consuelo donde no se haya el común de los ciudadanos, sino en muchos casos gente vulgar, prostitutas y criminales, también escritores. Al interior del discurso literario, entonces, los bares y las cantinas asumen funciones concretas.
Para el suscrito, el bar es la frontera social invisible donde se gesta y realiza la voz poética. En un bar frente a la plaza los maleficios se vuelven sonrisa incipiente o abierta, las lisuras y procacidades adquieren la categoría de “palabras mayores”, los amores (y poetas) muertos resucitan o sucumben, puede curarse uno de las ojeras, se puede leer un libro (fotocopiado) y estar en paz con los hombres (con los editores ídem) y en guerra con nuestras entrañas. En un bar se puede adquirir la sed ausente y la predisposición de hacer añicos los secretos, se puede escuchar -en el tocadisco de la tarde- la naturaleza y el “eco” de la vida. Y sin embargo, si se desconoce aún la forma –y el método eficaz en el jardín de nuestras arterias- se puede también aprender a soñar.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Buscando a Watanabe
Marco KatzDesde luego, los visitantes al Perú tienen que subir a las alturas para ver los esplendores de los Andes. Yo quería ir al norte también y además a un lugar poco conocido: Laredo, el pueblo natal del poeta José Watanabe.
Al llegar al aeropuerto Martínez de Pinillos, de Trujillo, pregunté al taxista si me podía llevar a Laredo y si, de casualidad sabe algo de Watanabe. Al igual que otros peruanos con quienes he hablado, él ha visto un par de sus películas, Alias “La Gringa” y La ciudad y los perros, ésta última basada en la novela de Mario Vargas Llosa. La primera de estas películas ofrece la visión de Watanabe sobre el individuo en contra a la sociedad que lo rodea. También se trata un tema visto en su poesía: la identidad. En un momento aparentemente sin importancia, un guardia grita los nombres y los apodos de los internos en la cárcel en que se encuentra el protagonista, Jorge ‘La Gringa’ Venegas. Entre los reos se oye: “Watanabe Varas, José, alias El chino,” una referencia a la realidad en que los habitantes de los países americanos denominan ‘chino’ a todos los asiáticos.
En efecto, Watanabe no es chino. Su padre vino al Perú desde Japón. “El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi, esperando su sopa frugal,” escribe el hijo en un libro llamado Historia natural:
Gracias de este país: un japonés que no perdonaba / la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina! / Creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande / para componer la belleza de su orden casero / que ligaba / familia y usos y trucos de esta tierra…”
Watanabe tampoco es japonés. Aunque el poeta reconoce la influencia de sus herencias paternas en “Elogio del refrenamiento” y otras colecciones de su poesía, él ha crecido en un ambiente peruano y ha aprendido castellano como su lengua materna. “Lo que pasa es que para mí ha sido difícil conseguir interiorizar el concepto de patria”, afirmó Watanabe durante una entrevista con Alonso Rabí Do Carmo, “porque soy birracial, como dicen ahora en Estados Unidos. Mi padre es japonés y mi madre peruana, peruana chola, entonces yo he vivido en estos dos mundos. Claro y uno dice ‘soy peruano’, pero en realidad yo tuve que conseguir ser peruano.”
Pero ¿es Watanabe peruano? Cuando llegó el centenario de la llegada del Sakura Maru con los primeros inmigrantes japoneses al Perú, el poeta participaba en una colección de fotografías y textos titulada El ojo de la memoria. “Y comencé a escribir explorando”, recordó en la susodicha entrevista, “buscando esa patria y he llegado a la conclusión de que Laredo es la única patria que he tenido y que el resto de lugares, incluyendo a Lima, son sólo lugares de paso. Cuando me pregunté por mi patria, me dije: primero mi cuerpo, luego Laredo.”
Entonces me dirijo a Laredo para ver la patria de un poeta que tanto admiro. Allí no veo mucha evidencia de interés en su hijo literario. No obstante, el ayuntamiento ha cambiado el nombre de la colección de libros ubicada al lado de la Plaza de Armas. Ahora se llama la Biblioteca José Watanabe Varas. Además, el lugar cuenta con dos bibliotecarios astutos que conocen las obras del escritor, Roel Luis García y el profesor emérito Félix Gutiérrez. Me muestran las obras de Watanabe que tienen en sus estancas, que incluyen dos libros para niños que no había visto nunca. Después de una plática interesante sobre el poeta, me conducen a la calle donde vivió la familia de Watanabe. Salgo de Laredo con más información que esperaba y la esperanza de intercambios útiles con mis nuevos colegas, los bibliotecarios.
Después de haber cumplido 58 años, José Watanabe Varas, un verdadero hijo de nuestra tierra americana, escribió en 2007 sus últimos versos. Muchos son los poetas que reciben mayor reconocimiento luego de su muerte y creo que Watanabe es otro de ellos. En “Cosas del cuerpo” lo pronosticó, “Ya la estoy buscando sin prisa, entre todos / los honrados, y con un resabio de sangre en la boca / como si estuviera masticando / mi propia lengua.” Sí, debe recibir los honores que merece y quizás en mi próxima visita veré aun más muestras del poeta, unas placas conmemorativas en sus casas familiares y otros peregrinos literarios en el centro de Laredo.
jueves, 23 de febrero de 2012
Hablar de poesía
Augusto Rubio Acosta El mediodía y la tarde de hoy la pasé en los libreros de viejo, practicando el huaqueo. Dedicarse a la arqueología literaria, a hurgar en restos materiales, documentos extraviados, perdidos, pero suficientemente iluminados por las fuentes escritas más diversas, constituye para el suscrito –más que una pasión- una forma de vida. Cuando volvíamos a la realidad, mientras retornábamos a pie bajo el sol abrasante de la urbe, me pregunté como otras veces sobre el por qué de la poesía.
¿Por qué la poesía, de dónde surge esa resistencia que hila y expone sus discursos al viento en pos del ciudadano consciente que la acoja?, ¿por qué la poesía y los actos de insumisión pública que produce?, ¿de dónde nacen los ejercicios de conciencia práctica que le son afines, dónde se genera esa pública reflexión, esos textos con tramas y pretensiones artísticas que nunca son indiferentes al estado de las cosas?
La poesía es un misterio, qué duda cabe. Por eso aquí no pretendemos explicarla. El texto que pongo en vuestras manos pertenece a esa especie de reflexión diaria que asoma entre el ruido de los autos camino al centro de trabajo, en el twitteo del día a día, que está al margen de los escaparates y de las formas autorizadas y banalizadas por la crítica. Las presentes líneas constituyen, en ese sentido, la mera reflexión de un autor semi clandestino que ha publicado algunos libros que en la mayoría de los casos han ido a parar porfiadamente a las manos, a las bibliotecas de sus amigos y de algunos irreductibles cachineros insomnes.
La verdadera poesía no se silencia nunca ni cede en su afán de reivindicar la palabra y visibilizar el mundo injusto en que sobrevivimos. La poesía es resistencia pero también es fuga, es vitalidad, búsqueda estética y social, es creación, proceso, es vida. El poeta está obligado a asumir -entonces- con rigor ético y compromiso moral el difícil y conflictivo equilibrio entre supervivencia económica y rechazo del orden y lógicas establecidos, proyecto hartamente complicado (casi imposible), pero hermoso y heroico si se persevera inyectando vida a través de la escritura y negando el discurso oficial con argumentos que van más allá del mercado, la resignación o el lamento.
Hablamos de poesía cuando no hay lugar para el temor, en muchos casos tampoco para la esperanza. La poesía busca y encuentra sus armas en los incendios más oscuros de nuestra sociedad y se propaga desde los márgenes. El género aporta a la transformación social desde una vivencia y experimentación difícil de explicar, desde el latido de otros mundos posibles, desde el conflictivo y violento diálogo contra la capacidad devoradora de sentido y verdad que tienen las ideas y los nombres que sustituyen a la experiencia y la materia, enmascarándolas.
Huaqueaba entre los libreros de viejo y pensaba que la primera y más constante batalla que hay que librar (además del que se mantiene permanentemente frente al lenguaje) es la de la resistencia contra nosotros mismos, el de la propia transformación. Dedicarse a la poesía es intentar dejar que la voz común se dirija frontalmente contra la realidad, es tratar de vivir mereciendo nuestros más caros anhelos: vivir poéticamente, dejarnos arrastrar por la aventura de lo que no está hecho, de lo que es desconocido y necesita esclarecerse.
Foucault decía: crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en el proceso: eso es resistir. Queda entonces seguir escribiendo por amor y pasión mientras uno escucha a The Beatles o las melodías de Sidney Bechet. Queda escribirle a la muchacha de ojos tristes (sometimes alegres) que sacude nuestra existencia. Queda escribir también para entender el mundo. Escribir para cambiarlo.
lunes, 20 de febrero de 2012
¿Qué es la poesía?
miércoles, 8 de febrero de 2012
De estupidez y política
Augusto Rubio AcostaPlatón hace decir a Simónides en el Protágoras, que “en efecto, la de los imbéciles es una familia muy numerosa”. Al respecto, San Agustín tampoco se calla: “los imbéciles, idiotas y lerdos, constituyen la absoluta mayoría de los hombres”. A su turno, Descartes coincide con ellos al señalar que: “pocas veces tenemos ocasión de tratar con personas completamente razonables”; sin embargo, Marcel Proust matiza, no sin poner los puntos sobre las íes: “cada vez que alguien mira las cosas de un modo poco distinto, las cuatro cuartas partes de la gente no ve ni jota de lo que se les muestra”.
La necedad y falta de inteligencia en la enorme mayoría de nuestra clase política ha hecho que su labor como guía de organizaciones estatales y de conductor de gobiernos en la lucha contra la erradicación de la pobreza –por ejemplo- sea un fracaso; que la promoción de iniciativas como el intercambio de conocimientos entre grupos sociales, para la definición e implementación de los derechos económicos, sociales y culturales, haya terminado de igual forma; para nadie es un secreto que la búsqueda de proyectos de desarrollo centrados en la dignidad de las personas, haya terminado en la nadería, en la más absoluta indiferencia.
Estupidez y política van de la mano -entonces- y nadie puede negarlo. El impulso y promoción de los derechos económicos, sociales y culturales juegan un papel crucial en la lucha contra la pobreza, de ahí que varios programas de desarrollo estén basados en la inclusión social y el respeto a los mismos, con el objetivo de que la población en riesgo pueda convertirse en ciudadanía activa, algo que quisiéramos ver de manera floreciente en estas tierras.
Es preciso anotar que hay quienes piensan que lo más terrible de la imbecilidad es que ésta puede parecerse a la más profunda sabiduría. Lo señalado trae a colación el anodino discurso de muchos de los integrantes de nuestra fauna política al ser abordados diariamente por la prensa, al salir a disertar a las calles y plazas, y sus continuas recurrencias en la sabiduría popular, la misma que -como es natural- tiene muy poco de sabiduría y es más bien el fruto de una repetición de algo que no siempre tiene su origen en la inteligencia. Las falacias de los políticos, sus variados argumentos para explicar por qué vivimos cómo vivimos, por qué nuestra ciudad es altamente insegura, por qué vivimos históricamente postergados, y un largo etecé de problemas sin solución a la vista que ellos conocen de memoria, redunda en una estupidez que es democrática, universal y que no se refleja en el espejo.
Las preguntas se desprenden a esta altura del texto por sí solas: ¿cómo podemos deducir a la hora del sufragio si tal o cual candidato es estúpido o por lo menos lo es en potencia?, ¿cómo se reconoce a un político estúpido o quién encaja perfectamente con el adjetivo?
El estúpido es sobre todo alguien que no piensa en lo que dice, que no detecta las a veces sutiles diferencias entre las cosas, que está completamente satisfecho consigo mismo y que finalmente es presuntuoso y hace gala de una vanidad estratosférica. Pero ahora que recuerdo, el estúpido es sobremanera alguien que ignora su condición y que considera estúpidos a los que dicen o hacen algo que no les complace. Tremendo detalle.
Habrá que filosofar –largo y tendido- sobre quién es quién en la vida política, social y cultural del país. Queda abierto entonces este quien sabe insípido debate.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Ribeyro: Diario de un diario
Sobre Ribeyro, voz única en el universo de la cuentística latinoamericana, tratan las siguientes líneas, diario de un diario en la palabra de Juan Gabriel Vásquez que toma nota detallada de las impresiones del autor de "Dichos de Luder" para analizar su posición como escritor ante nosotros los lectores, su vida misma, la percepción que tuvo de la escritura y la vida. El que sigue es un texto imprescndible sobre Julio Ramón. Posteo aquí un fragmento, al final del post es posible acceder al texto completo. Muchas gracias por estar ahí después de tantos años, estimados lectores de esta modesta pero perseverante bitácora destinada a difundir cultura y a enhebrar los esfuerzos de quienes aman el papel en blanco (para escribir sobre él), de quienes aman la libertad...
No se piense que Ribeyro era un ingenuo político o un habitante de una de esas torres de marfil de las que nos suelen hablar con cierta frecuencia a los escritores latinoamericanos. Ribeyro conservó siempre una conciencia profunda del mundo que lo rodeaba; sólo un empecinado observador social, sólo un crítico intransigente de la fauna peruana, hubiera podido escribir Los gallinazos sin plumas, ya no digamos las Tres historias sublevantes. Los cuentos de Ribeyro coleccionan pequeños momentos de verdad íntima, pequeñas revelaciones o, si se quiere, epifanías. Pero no hay grandes verdades, no hay verdades políticas, porque el autor era incapaz de ellas. El 26 de julio: «Desaliento, mientras redacto el manifiesto sugerido por Vargas Llosa, “Estamos en país ocupado: resistir”, sobre el papel que deben jugar en el Perú los intelectuales. Me doy cuenta de la inutilidad de la palabra». Y concluye a manera de memorando privado: «Tentación de la política, grave escollo de los escritores que se acercan a la madurez. Evitarla»...
sábado, 28 de enero de 2012
Marco Cueva: pez de mar nació, solo le dieron un río
Augusto Rubio Acosta
Las que siguen son para el suscrito líneas muy difíciles de escribir, complicadas en extremo en la medida que es imposible reunir en ellas todo lo que tú, Marco, has significado para esa legión de chimbotanos que compartieron sus días contigo, que aprendieron en las aulas o en la vida misma de tu actitud frente a la vida, que hicieron suyas tus palabras e ideas, y por eso te acompañaron estos días allá en Cipreses durante la hora cero, cuando el dolor nos hacía un nudo en la garganta y ni siquiera éramos capaces de leer ecuánimemente y en voz alta tus viejos poemas.
Los días que han pasado, hemos vuelto a ver los vídeos con las entrevistas que hace tres años grabamos contigo -para el blog- en la quietud de tu hogar. Tampoco ha sido sencillo visualizarlos porque se trata de un amigo, un ser humano como los que ya no existen, una persona a la que estuvimos muy vinculados, prácticamente desde el día en que volvimos a Chimbote decididos a insertarnos en su vida cultural y de alguna forma en la solución de los problemas de su gente.
Caminamos juntos mucho tiempo. Un largo camino. Sobre el arenal nos hiciste partícipes de Isla Blanca, referente cultural del puerto, epicentro de innumerables jornadas librescas y no pocas batallas donde juntos defendimos lo que el corazón nos señaló siempre como destino. Fue ahí donde accedimos a "Porque confío en el mañana" (1980), a tus plaquetas y a los libros que generosamente compartiste con nosotros. Fue ahí donde pudimos percibir tus emociones, nostalgias y sueños, todos ellos íntimamente ligados con la reorganización de los estudiantes peruanos en La Plata, con la agrupación Amauta, el grupo de teatro Javier Heraud, el Centro de Estudiantes de Medicina y la Federación Universitaria Argentina, entrañables espacios, mudos testigos de tus alegrías y luchas juveniles, también de las aciagas y cruentas jornadas que oscurecieron la historia de la dictadura argentina.
“(…) a La Plata fuimos no solo a obtener títulos académicos, que pueden estar llenos de vanidad, sino a adquirir valores de honestidad, trabajo, estudio, y fundamentalmente de identificación consecuente con los sectores más necesitados de nuestros pueblos, que -a pesar de la modernidad y del avance tecnológico- viven postergados injustamente de sus necesidades más sentidas. Y sobretodo los niños…”. La voz de Marco Cueva se dejaba oír siempre de esta forma en los auditorios poblados de jóvenes galenos y aspirantes a esa noble profesión. Así fuiste, así continúas siendo. Por eso nos cuesta tanto –como nunca antes- escribir, acordarnos de los momentos vividos, echarnos a hurgar en el pasado, en el libro pendiente de escribir.El último domingo, en la historia de los hombres y mujeres que escriben y transitan por el horizonte cultural de Chimbote, en la vida de la hermosa familia que forjaste, en la mirada de quienes alguna vez fueron tus colegas, alumnos y camaradas de arte, se vivieron momentos de honda pena. “Se ha ido Marco Cueva, el escritor, nuestro hermano”, se podía leer en los muros de las redes sociales que difundían la noticia junto a fotografías y vídeos de recitales de poesía y presentaciones de libros que constituían tu modus vivendi, la forma particular que tuviste de afrontar la existencia.
“Fui pez nacido para nadar ilimitadamente por los mares / para surcar con libertad los continentes / para sufrir las tempestades y las olas / para escapar de monstruos, tiburones y ballenas / para vivir / al fin / en todos los océanos…”. Pez de mar naciste, Marco, pero solo te dieron un río, uno estrecho y limitado, tortuoso y manso, que quien sabe pretendía atragantarse devorando todo a su paso mediante la vorágine que arrastra consigo la vida moderna e individualista. Sin embargo, a tu vida en el puerto le impusiste un destino cambiado. De muchas formas te las arreglaste para ser contemporáneo de quienes habían nacido más de un cuarto de siglo después y crear una atmósfera especial para quienes abrazaron tu amistad y la literatura como destino. Marco convirtió en sencilla (y sincera) la vieja ciencia de la medicina y en sumamente accesible para los niños y niñas que no podían sino mirar a la distancia –como un privilegio- la atención médica de calidad que supo prodigarles y merecían largamente.
Marco Cueva nació en Pacasmayo, pero como reconocieron en la hora final sus propios coterráneos, perteneció cabalmente a la arena de nuestras playas. Llegó aquí en los años ochenta y decidió quedarse para forjar su hogar y aprender, para pagar su derecho de piso y empezar a transitar por el camino letrado que había elegido. Años después, con mucha experiencia a cuestas, desde Isla Blanca empezó a caminar delante de los nuevos poetas y narradores, de los nuevos gestores culturales que lo siguieron como se sigue a un profeta que nunca hizo públicas sus profecías, heredando a quienes participaban de su entorno un imborrable legado, la irrenunciable esperanza de un país distinto, uno justo y solidario.
Marco Cueva se ha ido, pero no ha sido más que un hasta luego. Hasta la victoria siempre, amigo, muy pronto volveremos a encontrarnos.
jueves, 19 de enero de 2012
Mamacha Simona
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Cuando se ligaba a una mujer leyendo
Fernando Iwasakimiércoles, 21 de diciembre de 2011
la palabra encendida: ¡feliz navidad!
es navidad, compartamos con los que nada tienen lo poco o mucho que dios nos alcanza.
un abrazo sincero de @mareacultural
miércoles, 7 de diciembre de 2011
De cultos y culturosos
Eloy JáureguiEscribir genéticamente es un acto subversivo. Uno expone sus travesías y naufragios. Repito, ya lo dijo claro pero lo dijo, refutando al DRAE, el refulgente Marco Aurelio Denegri, que los peruanos tenemos la particularidad de generar cojudez con una facilidad asombrosa. Somos, pues, cojudógenos”.
Tiene razón el especialista en el arte de Onán, la cajonística y la gallística. El libro es un vademécum de gazapos. Pero esa es una pelea de blancos y ahí no me meto. Hace unos días, cuando asistí a su programa a raíz de la aparición de mi libro “El Pirata” (Mesa Redonda Editores, 2011), Denegri –a quien le teme medio mundo y no es para tanto— de arranque se me lanzó a la yugular exigiendo que explique por qué el compositor Felipe Pinglo Alva era “un reverendo huachafo” como afirmaba en mi texto. Le expliqué, le hice ver, lo convencí que los temas de “El bardo” tenían varios momentos y que al principio, cierto, pecaba de cursi en sus valses. Al final el “huachafo” era yo y por qué no, “huachafo” también era Denegri.
Entre otras huachaferías, lo fui amansando cuando le hablé de otros ángulos de nuestro criollismo, del “gato broster”, del “juego de tablón” donde Abraham Falcón, de las grupas de las morenas en lo de “La Valentina”, de la chispa de Pepe Villalobos, de las amanecidas con Carlos “Chino” Domínguez y Arturo “Zambo” Cavero, de la gracia de Alberto Romero, de don Pepe Durand, de los “amorfinos” de Augusto Azcues, de la penumbra brillante de Pablo Casas Padilla –autor del verso que intitula mi página “Tu mala canallada”— Y vamos que Denegri demostró que tenía correa. Se cagaba de risa cuando nos íbamos al “corte” y demostró su espíritu palomilla y su experiencia en la cultura de esquina y que no era palomilla de azotea.
Hay una manga de cojudos que viven de lo que escribe uno. El breve César Hildebrandt –hermano, sobrino, cuñado e hijo putativo de Martha Hildebrandt— me chanca porque en una de mis crónicas escribí que el presidente Humala era ignorante del “nudo tubo” porque como militar, apenas sabía del arte del “nudo Wilson”. Lo decía con cacha, enano mental pero como eres una papilla de odio, confundiste mi elegancia barrial propia del Duque de Windsor con tu gigantesca petulancia de las bancas del Parque Huiracocha en Jesús María. Sé que te falta esquina pero ahora estoy seguro que eres un reverendo cojudógeno (Ver “Diccionario de Peruanismos. El habla castellana en el Perú”. Álvarez Vita, Juan. Fondo Editorial Universidad Alas Peruanas. Lima 2009).
Escribir, genéticamente es un acto subversivo. Uno expone sus travesías y naufragios. Repito, ya lo dijo claro pero lo dijo, refutando al DRAE, el refulgente Marco Aurelio Denegri, que los peruanos tenemos la particularidad de generar cojudez con una facilidad asombrosa. Somos, pues, cojudógenos. El neologismo cojudógeno dícese de la persona que genera cojudez, que la suscita y despierta, que la provoca y engendra. Cuando en una reunión, por ejemplo, comienzan a proliferar las cojudeces, ello indica que hay uno o más circunstantes cojudógenos. El proceso se llama cojudogenia. He tratado de limpiarme de esa plaga, lástima, en este país eso es un imposible. Cambio de tema. Hacer periodismo para periodistas en sí, es una cojudez.
Por ello, en mi último taller “La crónica, la hija mala de la literatura”, el pasado 30 de noviembre en el marco del V Festival del libro de la Universidad Nacional San Agustín, en Arequipa, varios periodistas salieron disparados porque afirmé que el periodismo peruano no se recupera todavía de la década putrefacta del fujimontesinismo. La Sala Melgar tembló. Por ello, aquello de hablar a media voz, que es un deporte nacional, ya no va más. O dices las cosas de manera estentórea o te quedas callado. Este año he viajado como nunca por todo el Perú. Y a los gritos he dicho mis verdades. En Piura, en Iquitos, en Chimbote, en Huancayo, recientemente en Ica y ahora en Arequipa que es donde escribo esta crónica.
Repito, frente a la gente que no te quiere, igual, no he parado de escribir erecto. Ha ocurrido, cuando me he preguntado sobre las razones de este quehacer, el de escribir, aquello de confirmar en grafías las ideas y los sueños, pues no siempre estoy de acuerdo con los otros: esos que también escriben. En mi caso, ya no me interesaba el hablarme al oído dudando a más no poder. No a las certezas tajantes, jamás a las afirmaciones inapelables. En ese proceso de grado cero de la escritura, hipótesis e impulsos eléctricos ganan la necesidad de hallar la certeza a partir de sus opuestos. Por eso algunos doctos me han tildado de chiflado más que de huachafo que en el fondo creo que es lo mismo. En el fondo, ese “escribir” tiene, sobre cualquier otra cosa, bastante de experimento, voluntad más de aprender que de enseñar, esfuerzo por mejorar el mundo, humanizar a tantos usureros, liberarse de la angustia de las miserias todas, hacerse conocido más que famoso y construir un mundo para que lo habiten menos imbéciles.
Y en el Perú hay muchos escritores a los que yo me parezco. Mis amigos de Athenea de Piura. Augusto Rubio y Jaime Guzmán en Chimbote, Leydy Loayza y Martín Horta, Mauricio Rosales en Ica, Jaime Vásquez Valcárcel, Percy Vílchez y Carlos Reyes en Iquitos, Juan Carlos Romero y Jorge Salcedo en Huancayo, Misael Ramos, Cristhian Ticona, Augusto Carrasco, Filonilo Catalina, Julio Mauricio, Miguel Cordero y Luis Aspajo en Arequipa. Es decir, como diría Paco Moreno, mi colega en este diario: “Gente como uno”. peruanos dispuestos a dialogar. A vivir en una cultura de la paz. A ser permeables y saber escuchar y no ser intolerantes como muchos radicales de la estupidez. Aquí, en Arequipa, bajo el volcán como un Malcolm Lowry del pobre y abstemio hasta no más, escribo estas líneas. Aquí nacieron mis padres. Ellos me enseñaron a ser decente y a querer a los míos, los peruanos que tanto nos respetamos, sobre todo ahora que andamos peleados. Perdonen la tristeza.
Tomado del Diario La Primera.
jueves, 24 de noviembre de 2011
El Guernica en 3D

martes, 22 de noviembre de 2011
Quechuahablante en Polvos Azules
Polvos from danielthissen on Vimeo, un cortometraje para reflexionar.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Las mujeres que amaron a Beckett
Estando en parís en enero, decidí visitar la tumba de Samuel Beckett en el Cementerio de Montparnasse. Tenía ganas de estar a solas con “Sam”, como le decían sus amigos, y como le digo yo en mi fuero interno, pues de tiempo atrás lo siento como un amigo cercano, uno que lamentablemente ya se ha ido. ¿Dónde encontrarlo ahora? En sus escritos, sí. Pero también, de una manera especial, en el lugar donde reposan sus huesos. Quería conversar con él sobre uno de sus personajes, justamente aquel que se sentía a sus anchas entre las lápidas, disfrutando del olor de los cadáveres y riéndose de los epitafios. Me refiero al protagonista de su relato Primer amor, que yo he venido interpretando durante meses ante diversos públicos. Aquel viejo sin nombre me había invadido, casi diría que poseído. Iría a la tumba de su creador para desahogarme y para comunicarme con Sam, en silencio. Pero nunca imaginé que, ese mismo día, él me fuera a compensar con dos grandes sorpresas.(..) con el libro en mis manos –temblando, creo– cuando una voz a mi lado dijo: “Vous êtes amant de Beckett. Moi aussi”. Miré. Era una mujer más bien pequeña de estatura y de edad indefinida. Había entrado a la librería casualmente en ese momento para comprar un volumen de bandes dessinées de Hugo Pratt. Se presentó, Francesca Ragusa, y siguió hablando, rápido, con emoción, contándome que era documentalista y que estaba en el proceso de producir un filme sobre una mujer que había pasado toda su vida enamorada de Beckett. Media hora después seguíamos hablando en los jardines de Buttes Chaumont, de todos los parques de París el más lindo tal vez por ser el más parecido a un parque inglés. La lluvia había cesado y nos quedamos un largo rato más en una banca, mientras Francesca –italiana, como era obvio– me hablaba de aquel amor frustrado y extraía de su gran cartapacio de cuero una cantidad de fotos y apuntes, material que venía recogiendo para su película. La historia es como sigue: en los primeros años de la década de los cuarenta, Beckett y Suzanne empezaron a colaborar con la Resistencia francesa. El trabajo era arriesgado y podía costarles el fusilamiento por parte del ejército alemán. El peligro se volvió inminente cuando la célula en que militaban fue detectada por los nazis y, para salvarse, tuvieron que abandonar la ciudad de inmediato y buscar refugio en el sur de Francia, en una zona aún libre. Allá, en la aldea de Rousillon, se encontraron con otros que, como ellos, escapaban de las hostilidades y esperaban ansiosos el fin de la guerra. En esa pequeña comunidad de refugiados conocieron a Henri Hayden, un pintor polaco-francés de sesenta años, y a su esposa Josette, mucho más joven que su marido. Beckett se hizo amigo de la pareja y con Hayden pasaba horas jugando ajedrez y hablando de arte y literatura. Los dos matrimonios formaron una amistad duradera; pronto prometieron seguir viéndose con regularidad después de la guerra. Mientras tanto, Beckett había advertido que Josette se estaba enamorando de él. Era demasiado evidente. Pero tal vez por su estrecha amistad con el pintor nunca se permitió ni siquiera un flirteo con ella...
El artículo completo de Joe Broderick, vía @malpensante.
Adiós a Daniel Sada
Para celebrar el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el escritor mexicano Daniel Sada habría cantado Respeta mi dolor o La flor de capomo. Canciones norteñas, sus favoritas. Habría cantado y también habría bailado de no ser porque la noticia del galardón, revelada al mediodía de este viernes, llegó cuando el autor de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe estaba sedado, postrado en una cama. Su vida termino ese mismo día, demasiado prematuramente, a los 58 años, a consecuencia de diabetes y disfunción renal.Anclado en sus raíces norteñas -nació en Méxicali (Baja California,) pero su familia era de Coahuila y trabajó varios años en Sinaloa- huyó de todo lo que le alejara de su empeño por crear historias perfectas, en las que se recrean el habla y entorno del recio carácter de los norteños con la puntillosa elección de giros verbales que le hicieron un autor único al grado que fue comparado con Lezama Lima.
“Con la memoria, vuelvo a abrir la puerta de la editorial en la que trabajé décadas atrás, y me saluda un joven, robusto y sonriente Daniel Sada. Lleva el manuscrito de su primer novela, en la que ya está el germen de lo que será toda su obra: Lampa vida. Allí está el ingenio asombroso que siempre lo caracterizará. Después de leerla, recomiendo que se publique de inmediato. Con el paso del tiempo, él restó importancia a esta novela, pero para mí fue una revelación temprana”, dice el escritor y crítico Sergio González Rodríguez al evocar a Sada.
Por influencia familiar, y ya instalado en la capital mexicana, el joven Sada intentó convertirse en contable. El banco lo asfixió tanto como los otros trabajos que le impedían escribir. “Necesitaba la intemperie”, le dijo al periodista Antonio Bertrán, que publica en el número de noviembre de Gatopardo un largo perfil del escritor. Se llegaba a concentrar de tal manera, retrata Bertrán, que durante una época escribía totalmente desnudo, para evitar que la ropa constituyera una distracción.
Su primer éxito llega con Una de dos, publicado por Alfaguara en 1994, en la que unas gemelas idénticas comparten un novio que no atina a descubrir el engaño en el que vive.
“Creador de una retórica basada en el neologismo, la regularidad del ritmo y el fervor prosódico, supo aplicarla a su narrativa. Fue uno de los precursores de los relatos del norte de México, la corriente más importante en los últimos años, y un poeta notable”, dice González Rodríguez.
Tusquets le edita en 1999 Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, la obra que consagra su vocación de experimentador del lenguaje. Era un maestro exigente pero generoso que lo único que no toleraba en su taller era la tontería. Aborrecía los lugares comunes, los recursos fáciles. “La narración debe ser circular, sin perder los tiempos verbales de los hechos”, recordaba a sus alumnos: “La argumentación debe ser concreta y certera, sin dejar de ser sugerente. La narración excesiva anula el sentido estético de la literatura y no debemos eliminar el enigma presente en los hechos narrados, sino exaltarlo con argumentación”.
Amante del ajedrez y el béisbol, de cantar norteñas y recitar poemas, Anagrama publicará pronto El lenguaje del juego, libro que alcanzó a terminar antes de que la vista le fallara. Con este volumen se completa la veintena de libros de cuentos, poesía y novela que produjo a lo largo de su vida. Como ni en sus últimas horas quiso vivir sin literatura, en el hospital Adriana Jiménez, su compañera y madre de su hija Fernanda, le leyó cada día extractos de El Quijote, de La divina comedia, poemas de Octavio Paz, de Guimarães Rosa, entre otros.
“Daniel tenía cierta noción de que quizá le darían el Premio Nacional este año”, contaba ayer Adriana por teléfono, “estaba muy contento por eso, para él significaba mucho”. Su viuda agregaba con una voz, al mismo tiempo vehemente y tranquila, que en la últimas semanas, cuando la enfermedad se ensañó, Sada se refugió “en su paisaje interior”, ese donde escribía durante meses y meses sus libros antes de someterlos a eternas revisiones. En ese paisaje interior quizá resuene hoy la voz del Piporro, el popular intérprete de norteñas, su favorito, que en Respeta mi dolor entona: “Han de perdonar, raza, que esté cantando más triste que de costumbre”.
Pearl jam: imagine in cornice (documental)
#Indignados, el documental sobre el #15M
Las cuatro "c" de la revolución 2.0
Contenido. Se debe innovar en cómo y de qué se escribe. Los medios deben de conocer el lenguaje de las redes sociales, ser capaces de innovar en la forma de decir las cosas.Comunidad. Crear una comunidad propia, ya que el lector quiere sentir que forma parte de una comunidad de interés, de sensaciones y de iguales. En la medida en que los medios y comunicadores conformen una comunidad, van a generar lealtad a sus comentarios, letras o plumas. Pero para crear comunidad hay que interactuar; si no se está dispuesto a interactuar no estamos hablando de la revolución 2.0. Hay que tener disposición para estar disponibles fuera del horario de oficina, a recomendar, a agregar, a buscar a quiénes son los influenciadores y a incidir en la conversación del ciudadano.
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