miércoles, 28 de marzo de 2012

Periodismo cultural: vicio, masoquismo y esperanza

Augusto Rubio Acosta

…Y Ezra Pound decía: La noticia está en el poema, en lo que sucede en el poema. Poetry is news that stays news…”. La frase nos golpeó siempre al interior de la cabeza, cada vez que alguien se atrevió a menoscabar la importancia de un trabajo como el nuestro, cada vez que hasta entre los mismos compañeros de trabajo se gastaron ridículas y absurdas bromas sobre “cierto tipo de periodismo” practicado por “artistas frustrados” o por periodistas a punto de dejar de serlo. Era entonces, cuando la voz del profe volvía a escena para empujarnos a seguir…
El lector –alumnos- no sólo lee lo que puede. El acto de la lectura transforma al lector y no darle a éste condiciones para la crítica histórica y cultural es una manera sutil de acallar voces disconformes sobre las decisiones que se toman y que afectan a las mayorías empobrecidas e ignorantes del país. A mi no me importa que los periódicos de ahora se hayan vuelto amarillos, mucho menos que los medios serviles, coloridos e idiotizantes -que sobreviven de rodillas a los gobiernos locales, regionales y nacionales de turno- traten de borrar la historia y la memoria. De manera que ahora mismo, en estas dos horas de clase, salen a la calle y me traen notas -ya mismo- para los futuros medios culturales que nacerán a fin de semestre aunque tengan que costeárselos ustedes mismos. Yo no sé. Vayan, expriman y traigan lo único imperecedero que tienen sus cerebros, la voz de los creadores de la patria…
Corrían los años noventa y los medios de comunicación estaban casi en su totalidad bajo control de la dictadura, orientados a difundir su causa e intereses o “dopados” al igual que sus lectores. El profe había dejado en claro “que le llegaba” la presencia del marketing en los medios, que esas cosas no tenían por qué inmiscuirse en el trabajo cultural y periodístico independiente, y que debíamos defender nuestros contenidos, nuestros créditos, que había que luchar por un espacio de reflexión en los medios.
“Yo sé que “lamentablemente", informar sobre el acontecer cultural requiere un reportero capaz de entender lo que sucede en un poema, en un cuento, una pintura abstracta, un ensayo o en una performance; es lo mismo que informar sobre un acto político, donde se requiere un periodista capaz de entender el juego político: qué está pasando, qué sentido tiene, a qué juegan los sucios candidatos a la alcaldía, por ejemplo, por qué hacen esto y no aquello. Los mejores medios tienen reporteros y analistas capaces de relatar y analizar todo tipo de acontecimientos, situándolos en su contexto político, legal e histórico. Pero los periodistas culturales “lamentablemente” -en la mayoría de casos- no informan como debe ser sobre una colectiva de pintura. Y es que hay que saber escuchar, ver, situar en el contexto, analizar las obras pictóricas. No se trata de informar sobre las medias del pintor. Esto –señores- es lo que tenemos que cambiar…”.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, toda una vida. Estamos en 2012 y la realidad del periodismo cultural peruano no ha cambiado en lo más mínimo. En todos estos años apareció la Internet (a la capital llegó en 1993), nacieron notables suplementos de cultura en los medios convencionales y en los electrónicos, programas de televisión, cada uno con buenos contenidos que fueron haciendo camino al andar, pero un tanto –o bastante- alejados de la dinámica de inclusión social que tanto necesitamos los peruanos.

Desde ese punto de vista, consideramos que no basta estar en un medio masivo y producir un programa cultural, pues hay que saber dirigirlo a la masa y evitar el academicismo o lo que se le parezca, teniendo cuidado de no asumir como débiles mentales a los consumidores. Igualmente hay que hacer del suplemento, programa o espacio cultural, un auténtico “lugar de encuentro”, de reflexión y de diálogo generacional para los artistas y creadores. Un lugar común capaz de mostrar el pensamiento y la producción intelectual de otras realidades.

El mejor periodismo cultural es aquel que refleja las problemáticas globales de una época, satisface demandas sociales concretas e interpreta dinámicamente la creatividad potencial del hombre y la sociedad (en campos tan variados como las artes, las ideas, las letras, las creencias, etcétera), usando para ello a un bagaje de información, un tono, un estilo y un enfoque adecuado a la materia tratada y a las características del público a quienes está dirigido el medio.

Para editar, conducir, producir un medio cultural, se requiere primeramente respetar al lector y a uno mismo. Se trata de incrementar su nivel de vida en base a la información que le facilitemos, en base al supuesto buen gusto y a los juicios que le alcancemos; en suma: no publicar basura. Se requiere –entonces- periodistas que vivan una verdadera “vida cultural”, que sepan leer y escribir en ese nivel, con ese ánimo, que tengan visión, competencia, sentido común y cultura –si bien no una que sea vasta- por lo menos de aceptable nivel. Aunque parezca increíble –dado el paupérrimo nivel educativo vigente en el país- existen lectores que se ríen o se enojan por lo que se publica en las páginas culturales; son gente ajena a la crítica periodística, pero suficientemente buenos lectores como para señalar omisiones, erratas, etcétera, y eso hay que tenerlo en cuenta.
Otro asunto que nadie toma en serio –y hablamos de lectores con afanes de publicar sus escritos- es que el periodista se gana enemigos al rechazar o dejar de lado textos que carecen de la más mínima calidad. Uno se convierte en el malo de la película, a pesar que muchas veces nos tomamos el trabajo de corregir (rehacer) lo mal escrito. Así, se nos tilda de “argolleros”, facilistas, tijereteros, poseros y hasta hemos escuchado por ahí los clásicos: “¿y con qué criterio escoges lo que debe salir publicado?, ¿quién te ha dicho que tienes criterio…?”. Y es que todos, tirios y troyanos, buenos y mediocres, “cultos o antropológicamente incultos” quieren (se mueren por) publicar, por ver su nombre publicado.

Con las cosas así, el periodista cultural se constituye –entonces y por añadidura- un ser extraño, subterráneo y masoquista, a quien no le importa la marginalidad en que vive, el desprecio de los demás por su trabajo, la ausencia apabullante de lectores, y otras taras más propias de su trabajo insular. El periodista cultural de la ciudad se mueve entre la más absoluta indiferencia social –incluso al interior de su propio medio de comunicación- y disfruta enfermizamente de las entrevistas que hace, de la crítica que ejerce, de los poemas o relatos que publica y de los “descubrimientos” que cada cierto tiempo hace en una urbe cruel para el trabajador cultural, que no lo ve como el “antropólogo del día a día” que es, sino como el chismoso, aburrido y sobornablemente detestable ser que la mayoría de personas cree que es.

El periodista cultural vive cansado de que se le considere “relleno” entre las “verdaderas noticias, pepas o primicias” del día: la venta de drogas, el apuñalado, la guerra en Medio Oriente, el último escándalo del alcalde provincial, el alza de los pasajes interurbanos, el triste rol del gobierno regional, y el pésimo desempeño futbolístico del equipo que nos representa. Así, la cultura que dio origen en tiempos inmemoriales al periodismo, “vuelve a casa” por la puerta falsa, como noticia secundaria (gastronomía, viajes, horóscopo, sociales, espectáculos) y todo aquello que es en realidad la negación de lo culto y la apología de lo inesencial, superfluo y vano que todos, absolutamente todos los periodistas culturales responsables –masoquistas y viciosos- combatimos. Eso, estimado lectores (ya no los canso, ya termino), debe, tiene, es necesario, que cambie. Que cambie.

martes, 20 de marzo de 2012

Twitter, literatura, otras hierbas...

Augusto Rubio Acosta

Los días que han pasado escribí y publiqué algunas líneas en el novísimo diario que he aperturado en Tumblr, textos breves donde intento reflexionar sobre la vida cotidiana que al suscrito le toca y sorprende a diario, en la avenida, con esa ráfaga de amarillo sol que nubla, que ensimisma, que lo devuelve a uno al fervor que por años percibí en la plaza frente al mar de mi infancia, a esa ondulante delicia obscura que me ha dotado sobremanera de paz, de lluvia, también de desesperación… Los días que han pasado permanecí casi en silencio y escuché -sin oír- el sonido de la historia. Renuente a escribir más sobre César Vallejo y su cumpleaños ciento veinte (aunque parezca increíble, todo el mundo dijo acordarse del poeta de todos a partir que apareció el doodle a manera de homenaje), sobre la peculiar escena cultural de mi ciudad (dueña de gran potencial, el mismo que se disuelve en la desidia de sus propios impulsores, así como en los pleitos improductivos que constituyen el eje sobre el cual gira), decidí regresar al asfalto y a las palabras sencillas que muchas veces iluminan la vida, volver aquí a ests espacio que intenta volcar cada cierto tiempo reflexiones que sacuden el mundo en el cual sobrevivo (perdonen la tristeza).
La semana que pasó me pregunté, por ejemplo: ¿por qué se sataniza al tweet y se le margina de la literatura, si como herramienta de contacto con Internet propone una red de espacio de comunicación?, ¿por qué la educación peruana no le enseña a los jóvenes a estar a solas consigo mismos?, ¿por qué subsiste la idea romántica del escritor, la que lo condena a vivir atado a la precariedad propia y al desinterés ajeno?, ¿por qué se me pegado cierta canción que habla de copas que giran, luces de la aurora y sandalias planas?
Cambio radical de las relaciones entre los seres humanos, con más de 200 millones de usuarios (escasamente doscientos cincuenta mil peruanos, entre ellos) y alrededor de 65 millones de mensajes diarios, Twitter apuesta también como forma de creación literaria (ya son varios los autores que han dado el salto al libro impreso), como serie de microficciones, como revista dedicada a todas las formas de literatura breve (entre ellas a Twitter como género). El suscrito vive y siente en 140 caracteres, dobla ahí la página del día, escribe lo que le dicta el jardín de sus arterias.
Pero como todo exceso es dañino, en el mundo -obsesivamente interconectado- en que vivimos, es más fácil comunicarse con alguien del Polo Sur que hablar con cualquier vecino, llegando al extremo de que incluso lo más difícil es comunicarse con uno mismo. La soledad: aprendizaje, exigencia, valentía de los espíritus que apuntan a la excelencia, está rodeada de esa aura de pánico para la mayoría de los mortales que no aprecian (que no aman) el silencio, lo esencial, que detestan el ruido urbano, cotidiano, brutal, humano, peruano, chimbotano (perdonen otra vez la tristeza). En los días que corren, todo es fast food, malls, relaciones rápidas y conversaciones fugaces; la idea de estar con uno mismo es casi una idea revolucionaria que hace falta practicar. ¿Tú qué dices?
Copio y pego aquí –literalmente- un puñado de frases arrancadas a mi memoria: “No, Augusto, ¿qué es eso de que quieres ser escritor? Te vas a morir de hambre, ¿no te das cuenta? Adónde vas a llegar con esa porquería. Yo no voy a financiar aficiones improductivas, hijito; no señor, además: ¿qué shit sabes tú de creación artística? Pérate nomás, ahora mismo arrojo a la basura esa montaña de libros viejos que te ha lavado la cabeza…
Mi padre se equivocó largamente (triste su vida), se dejó llevar siempre por la idea del inveterado desvalimiento en que los escritores se mueven a su paso por la existencia, extrapoló la imagen clásica de un autor de ficciones a cualquier campo de la creación artística, sentenciando al suscrito a porfiar en la vida, a construir una existencia hecha de papel, de tinta...
Hablaba de la música, líneas arriba, una de las pocas artes que tiene la fuerte tendencia a quedarse en nuestra mente. Y es que las tonadas (intrusas o cordialmente invitadas) se introducen en nuestro pensamiento y suenan una y otra vez, en vértigo interminable, a manera de memoria involuntaria, estímulo multisensorial, frecuencia codificada y emocional que se aloja mejor (a veces para siempre) en la memoria, guardando información importante a través de las canciones. ¿Cómo zafarse?, quizá con una nueva canción que se nos llegue a pegar. Después de todo, cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da. Todo se transforma.

viernes, 16 de marzo de 2012

Vallejo: hombre libre, reivindicación y esperanza

Augusto Rubio Acosta

Lo conocimos cuando niños, en la biblioteca de Chimbote que lleva su nombre. Nadie nos presentó. Lo conocimos así, de golpe, y por alguna extraña -ahora incomprensible- razón, después de las primeras lecturas su nombre nos quedaría asociado a la miseria, a la literatura, a la enfermedad. Lo imaginábamos siempre (tras el consumo de los libros iniciales de un autor, éste se convierte en una especie de amigo lejano sumamente entrañable) viviendo a salto de mata en París, aquí y allá en buhardillas y pensiones míseras, despertando ante la luz del alba en algún refugio citadino o almorzando con los escasos fondos que le llegaban del Perú en virtud a sus colaboraciones periódicas. Lo imaginábamos siempre sobreviviendo, gracias a la buena voluntad de sus amigos y a través de pequeños préstamos con los cuales le era posible “comer piedrecitas” con tal de ampliar su vasto y humano mundo.
César Vallejo se acercó más a profundidad a nosotros, cuando la secundaria nos exigió pisar el acelerador académico porque en poco tiempo egresaríamos de ella para labrarnos un futuro. Con las lecturas, nos enteramos de cómo abandonó el Perú para siempre partiendo rumbo a Europa desde la dársena del Callao, cómo dejó atrás la incomprensión de los peruanos de su tiempo, la estimagtización de la cual fue objeto debido a su profundo compromiso humano y social, así como la cárcel y sus primeros libros, entre ellos “Trilce”, vanguardia de la poesía universal editada en los talleres de la Penitenciaría.
Hasta entonces, Vallejo había constituido para nosotros un misterio, una sombra deambulando por los ghettos, un personaje literario que nunca acabó de idealizar -en la ciudad donde vivía- países que iba entendiendo cada vez menos, un hombre que salía de una enfermedad para ingresar a otra, un ser triste, nervioso y fatigado en medio del frío del asfalto, bajo la lluvia incesante de Europa y de los andes, alargando una taza de café para prolongar el tiempo de lectura y la medianoche.
Fue al final del oncenio escolar, cuando Los heraldos negros (1918) y Trilce (1922) sacudirían nuestro mundo. Leídos en principio con curiosidad y ternura, encontramos en ellos –tras una nueva lectura, esta vez más analítica- una alianza íntima de audacia verbal, de sollozos y reclamos de un alma herida que visibilizaba un Perú desdibujado, oprimido e injusto. Nuestra vida nunca más fue la misma luego de leer a Vallejo, poeta que –en nuestra modesta mirada- nunca dejó de ser el niño y el muchacho que creció en Santiago de Chuco, pueblo andino a más de tres mil metros de altura.
Leer a Vallejo representó desde entonces encontrarse detenido frente al campanario de los pueblos olvidados, escuchando las historias del sacerdote ciego y los murmullos del aire que bajan de las montañas. Leer a Vallejo fue percibir el olor del maíz que ingresa a las casas del campo al amanecer, el olor del pan serrano, ver amarillarse los árboles a espera de la caída de sus hojas, escuchar el canto de los pájaros, el vocingleo de los vecinos quechuahablantes, sentir también la espada de Damocles que pende sobre el cuello de quienes han sufrido persecución, cárcel, un proceso judicial equívoco y doloroso.
El poeta vio siempre su prisión en Trujillo como el momento más grave de su vida. La celda era otra cárcel en la cárcel donde todo sumaba el mismo número. “No hay sitio como una celda para criar los nervios y aherrojar el corazón”, llegó a escribir. Su lecho era desvencijado; el guardián: un pobre viejo sin escrúpulos que chantajeaba a los presos para hacer sentir su autoridad irrisoria. En esos días opacos de miseria, frío y desesperanza, las imágenes de infancia, de la madre y de su familia persiguieron a Vallejo dejándole caer todo el peso del infortunio. Sin embargo, fueron esos los días en que el poeta se alzó por encima de la desgracia y forjó lo mejor de su grandeza literaria; en medio de esa soledad absoluta, César Vallejo Mendoza reivindicó su condición de hombre libre en todo el sentido de la palabra y escribió “Trilce”, su obra maestra e inmortal. Enorme e imprescindible ejemplo para los peruanos y sobre todo para quienes a pesar de encontrarse con la navaja amenazando la aorta, abren siempre la ancha puerta en la casa de la esperanza.
No sé cuántos ni quiénes hayan podido acompañar (hasta esta intensidad y altura) la lectura de estas líneas. El hecho es que hoy, a propósito de los 120 años del natalicio de César Vallejo, quisimos remitirnos a los cerros retratados en sus libros, a los mineros tristes y explotados, al sentido puro de la amistad, a la incorruptible inocencia y a la capacidad para sortear las contingencias económicas, el sufrimiento humano, la melancolía y la oscuridad mediante la literatura.
César Vallejo se reconcilia en el alma y en el corazón de su patria cuando abrimos sus libros y les damos lectura. Él representaba emblemáticamente el alma mestiza peruana y latinoamericana que prefiere la marginación dolorosa a la humillación de la servidumbre. Pasaba por aquí para decir algunas cosas sobre el poeta de todos, para hablar de su ejemplo; lamentablemente, casi siempre, me termino extendiendo. Muchas gracias.

viernes, 9 de marzo de 2012

Todos juntos con Vallejo


Escucha Google Inc., este 16 de marzo queremos ver este doodle conmemorando los 120 años del natalicio de César Vallejo, el poeta del pueblo, el poeta de todos!!

jueves, 8 de marzo de 2012

El bar, la plaza, la literatura y la vida

Augusto Rubio Acosta

El café y los bares, espacios donde generalmente se habla a media voz o a gritos estentóreos para poder oír a nuestros interlocutores, lugares adonde muchos acudimos simplemente a contemplar el ir y venir de las gentes de la ciudad, a capturar los sonidos de la calle y a sintonizar con esa especie de “universo creativo” por donde transitan personajes “normales y extraordinarios”, han permanecido tradicionalmente relacionados -en el imaginario de mucha gente, incluso de la cultura popular- con la creación literaria, la tertulia, la bohemia, el alcoholismo.

El bar, sin duda el confesionario más democrático de los existentes, le sirve al escritor para realizar apuntes (escritos o mentales), para recolectar aforismos, crónicas, vivencias, miradas, fotografías (mitad realidad y mitad ficción), “mundos” surgidos de la soledad personal y de la observación de la soledad ajena, aunque haya ido acompañado a compartir un pisco, un chilcano, una de esas pócimas frozen “marca Perú” para combatir la apabullante asfixia del verano (cruel), de la vida.

El escritor, en su condición de caminante de bares y aprenhendedor de realidades y mundos, lleva siempre un cuaderno (o una laptop, con los tiempos 2.0 que corren) donde anotar lo que observa. Pero el estar solo y observar la soledad de los otros no siempre alcanza. El ir y venir de los mozos, el vocingleo de los vecinos de mesa, la ondulante naturaleza de los toldos publicitarios que protegen del sol a quienes prefieren un bar con mesas ubicadas sobre la vereda (en la calle, en la plaza), la música que vomitan los parlantes, y hasta las primeras palabras que se intercambien con nuestro interlocutor, cambian muchas veces la perspectiva del “viaje”, de los apuntes, de los tweets y de la tarde-noche, la conversa misma, la existencia.

¿Es posible arreglar el mundo desde una mesa de bar frente a la plaza?, ¿cómo desenredar el día que otros enredan desde una barra o desde sus prostitutos cargos públicos?, ¿cómo shit prolongar el tiempo en ese aposento de sosiego donde se cruzan vivencias de calle, sexo, arte, ciencia, política, literatura, amor, música, vida?

El ser humano es una minúscula réplica del mundo, qué duda cabe, y en un bar (como en cualquier lugar) pueden habitar todos los bares (y todos los mundos). En “Crimen y castigo”, de Dostoiewski (para solo poner un ejemplo), por los bares de San Petersburgo transitan “gentes mal vestidas”, en ellos -en sus ambientes cerrados, oscuros y mal ventilados- se refugian los proletarios así como gente de mal vivir, anidan ahí las víctimas del sistema social de las cuales el autor intenta resaltar el sentido fatalista de su destino. Y así, en general, la función simbólica de los bares y cantinas en la literatura es constituir una especie de ‘locus amenus’ para los marginales dentro de una urbe en crecimiento o decadencia, refugio confortable y de consuelo donde no se haya el común de los ciudadanos, sino en muchos casos gente vulgar, prostitutas y criminales, también escritores. Al interior del discurso literario, entonces, los bares y las cantinas asumen funciones concretas.

Para el suscrito, el bar es la frontera social invisible donde se gesta y realiza la voz poética. En un bar frente a la plaza los maleficios se vuelven sonrisa incipiente o abierta, las lisuras y procacidades adquieren la categoría de “palabras mayores”, los amores (y poetas) muertos resucitan o sucumben, puede curarse uno de las ojeras, se puede leer un libro (fotocopiado) y estar en paz con los hombres (con los editores ídem) y en guerra con nuestras entrañas. En un bar se puede adquirir la sed ausente y la predisposición de hacer añicos los secretos, se puede escuchar -en el tocadisco de la tarde- la naturaleza y el “eco” de la vida. Y sin embargo, si se desconoce aún la forma –y el método eficaz en el jardín de nuestras arterias- se puede también aprender a soñar.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Buscando a Watanabe

Marco Katz

Desde luego, los visitantes al Perú tienen que subir a las alturas para ver los esplendores de los Andes. Yo quería ir al norte también y además a un lugar poco conocido: Laredo, el pueblo natal del poeta José Watanabe.
Al llegar al aeropuerto Martínez de Pinillos, de Trujillo, pregunté al taxista si me podía llevar a Laredo y si, de casualidad sabe algo de Watanabe. Al igual que otros peruanos con quienes he hablado, él ha visto un par de sus películas, Alias “La Gringa” y La ciudad y los perros, ésta última basada en la novela de Mario Vargas Llosa. La primera de estas películas ofrece la visión de Watanabe sobre el individuo en contra a la sociedad que lo rodea. También se trata un tema visto en su poesía: la identidad. En un momento aparentemente sin importancia, un guardia grita los nombres y los apodos de los internos en la cárcel en que se encuentra el protagonista, Jorge ‘La Gringa’ Venegas. Entre los reos se oye: “Watanabe Varas, José, alias El chino,” una referencia a la realidad en que los habitantes de los países americanos denominan ‘chino’ a todos los asiáticos.
En efecto, Watanabe no es chino. Su padre vino al Perú desde Japón. “El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi, esperando su sopa frugal,” escribe el hijo en un libro llamado Historia natural:
Gracias de este país: un japonés que no perdonaba / la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina! / Creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande / para componer la belleza de su orden casero / que ligaba / familia y usos y trucos de esta tierra…”
Watanabe tampoco es japonés. Aunque el poeta reconoce la influencia de sus herencias paternas en “Elogio del refrenamiento” y otras colecciones de su poesía, él ha crecido en un ambiente peruano y ha aprendido castellano como su lengua materna. “Lo que pasa es que para mí ha sido difícil conseguir interiorizar el concepto de patria”, afirmó Watanabe durante una entrevista con Alonso Rabí Do Carmo, “porque soy birracial, como dicen ahora en Estados Unidos. Mi padre es japonés y mi madre peruana, peruana chola, entonces yo he vivido en estos dos mundos. Claro y uno dice ‘soy peruano’, pero en realidad yo tuve que conseguir ser peruano.”
Pero ¿es Watanabe peruano? Cuando llegó el centenario de la llegada del Sakura Maru con los primeros inmigrantes japoneses al Perú, el poeta participaba en una colección de fotografías y textos titulada El ojo de la memoria. “Y comencé a escribir explorando”, recordó en la susodicha entrevista, “buscando esa patria y he llegado a la conclusión de que Laredo es la única patria que he tenido y que el resto de lugares, incluyendo a Lima, son sólo lugares de paso. Cuando me pregunté por mi patria, me dije: primero mi cuerpo, luego Laredo.”
Entonces me dirijo a Laredo para ver la patria de un poeta que tanto admiro. Allí no veo mucha evidencia de interés en su hijo literario. No obstante, el ayuntamiento ha cambiado el nombre de la colección de libros ubicada al lado de la Plaza de Armas. Ahora se llama la Biblioteca José Watanabe Varas. Además, el lugar cuenta con dos bibliotecarios astutos que conocen las obras del escritor, Roel Luis García y el profesor emérito Félix Gutiérrez. Me muestran las obras de Watanabe que tienen en sus estancas, que incluyen dos libros para niños que no había visto nunca. Después de una plática interesante sobre el poeta, me conducen a la calle donde vivió la familia de Watanabe. Salgo de Laredo con más información que esperaba y la esperanza de intercambios útiles con mis nuevos colegas, los bibliotecarios.
Después de haber cumplido 58 años, José Watanabe Varas, un verdadero hijo de nuestra tierra americana, escribió en 2007 sus últimos versos. Muchos son los poetas que reciben mayor reconocimiento luego de su muerte y creo que Watanabe es otro de ellos. En “Cosas del cuerpo” lo pronosticó, “Ya la estoy buscando sin prisa, entre todos / los honrados, y con un resabio de sangre en la boca / como si estuviera masticando / mi propia lengua.” Sí, debe recibir los honores que merece y quizás en mi próxima visita veré aun más muestras del poeta, unas placas conmemorativas en sus casas familiares y otros peregrinos literarios en el centro de Laredo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Hablar de poesía

Augusto Rubio Acosta

El mediodía y la tarde de hoy la pasé en los libreros de viejo, practicando el huaqueo. Dedicarse a la arqueología literaria, a hurgar en restos materiales, documentos extraviados, perdidos, pero suficientemente iluminados por las fuentes escritas más diversas, constituye para el suscrito –más que una pasión- una forma de vida. Cuando volvíamos a la realidad, mientras retornábamos a pie bajo el sol abrasante de la urbe, me pregunté como otras veces sobre el por qué de la poesía.

¿Por qué la poesía, de dónde surge esa resistencia que hila y expone sus discursos al viento en pos del ciudadano consciente que la acoja?, ¿por qué la poesía y los actos de insumisión pública que produce?, ¿de dónde nacen los ejercicios de conciencia práctica que le son afines, dónde se genera esa pública reflexión, esos textos con tramas y pretensiones artísticas que nunca son indiferentes al estado de las cosas?

La poesía es un misterio, qué duda cabe. Por eso aquí no pretendemos explicarla. El texto que pongo en vuestras manos pertenece a esa especie de reflexión diaria que asoma entre el ruido de los autos camino al centro de trabajo, en el twitteo del día a día, que está al margen de los escaparates y de las formas autorizadas y banalizadas por la crítica. Las presentes líneas constituyen, en ese sentido, la mera reflexión de un autor semi clandestino que ha publicado algunos libros que en la mayoría de los casos han ido a parar porfiadamente a las manos, a las bibliotecas de sus amigos y de algunos irreductibles cachineros insomnes.

La verdadera poesía no se silencia nunca ni cede en su afán de reivindicar la palabra y visibilizar el mundo injusto en que sobrevivimos. La poesía es resistencia pero también es fuga, es vitalidad, búsqueda estética y social, es creación, proceso, es vida. El poeta está obligado a asumir -entonces- con rigor ético y compromiso moral el difícil y conflictivo equilibrio entre supervivencia económica y rechazo del orden y lógicas establecidos, proyecto hartamente complicado (casi imposible), pero hermoso y heroico si se persevera inyectando vida a través de la escritura y negando el discurso oficial con argumentos que van más allá del mercado, la resignación o el lamento.

Hablamos de poesía cuando no hay lugar para el temor, en muchos casos tampoco para la esperanza. La poesía busca y encuentra sus armas en los incendios más oscuros de nuestra sociedad y se propaga desde los márgenes. El género aporta a la transformación social desde una vivencia y experimentación difícil de explicar, desde el latido de otros mundos posibles, desde el conflictivo y violento diálogo contra la capacidad devoradora de sentido y verdad que tienen las ideas y los nombres que sustituyen a la experiencia y la materia, enmascarándolas.

Huaqueaba entre los libreros de viejo y pensaba que la primera y más constante batalla que hay que librar (además del que se mantiene permanentemente frente al lenguaje) es la de la resistencia contra nosotros mismos, el de la propia transformación. Dedicarse a la poesía es intentar dejar que la voz común se dirija frontalmente contra la realidad, es tratar de vivir mereciendo nuestros más caros anhelos: vivir poéticamente, dejarnos arrastrar por la aventura de lo que no está hecho, de lo que es desconocido y necesita esclarecerse.

Foucault decía: crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en el proceso: eso es resistir. Queda entonces seguir escribiendo por amor y pasión mientras uno escucha a The Beatles o las melodías de Sidney Bechet. Queda escribirle a la muchacha de ojos tristes (sometimes alegres) que sacude nuestra existencia. Queda escribir también para entender el mundo. Escribir para cambiarlo.

lunes, 20 de febrero de 2012

¿Qué es la poesía?


Brindar elementos que contribuyan a una mejor descripción del fenómeno poético, uno de los discursos más herméticos de todos los tiempos, discurso marginal, construido tanto desde los límites de la vida social, como desde los límites mismos de su materialidad: el lenguaje. En este vídeo, Víctor Vich nos ofrece las claves para aproximarnos a esta forma literaria y subraya su importancia para la comprensión de nuestra vida social y subjetiva.

miércoles, 8 de febrero de 2012

De estupidez y política

Augusto Rubio Acosta

Musa bastante insólita para los intelectuales, la estupidez no ha dejado de inspirar a la gente a lo largo de los siglos. Sin embargo, hay quienes ostentan una sorprendente recurrencia en la misma, una especie de empeño, empoderamiento y hasta lucimiento personal alrededor de ella, lo que bien podría llevarnos a pensar y a colegir que los estúpidos en la sociedad en que vivimos son mayoría.
Platón hace decir a Simónides en el Protágoras, que “en efecto, la de los imbéciles es una familia muy numerosa”. Al respecto, San Agustín tampoco se calla: “los imbéciles, idiotas y lerdos, constituyen la absoluta mayoría de los hombres”. A su turno, Descartes coincide con ellos al señalar que: “pocas veces tenemos ocasión de tratar con personas completamente razonables”; sin embargo, Marcel Proust matiza, no sin poner los puntos sobre las íes: “cada vez que alguien mira las cosas de un modo poco distinto, las cuatro cuartas partes de la gente no ve ni jota de lo que se les muestra”.
La necedad y falta de inteligencia en la enorme mayoría de nuestra clase política ha hecho que su labor como guía de organizaciones estatales y de conductor de gobiernos en la lucha contra la erradicación de la pobreza –por ejemplo- sea un fracaso; que la promoción de iniciativas como el intercambio de conocimientos entre grupos sociales, para la definición e implementación de los derechos económicos, sociales y culturales, haya terminado de igual forma; para nadie es un secreto que la búsqueda de proyectos de desarrollo centrados en la dignidad de las personas, haya terminado en la nadería, en la más absoluta indiferencia.
Estupidez y política van de la mano -entonces- y nadie puede negarlo. El impulso y promoción de los derechos económicos, sociales y culturales juegan un papel crucial en la lucha contra la pobreza, de ahí que varios programas de desarrollo estén basados en la inclusión social y el respeto a los mismos, con el objetivo de que la población en riesgo pueda convertirse en ciudadanía activa, algo que quisiéramos ver de manera floreciente en estas tierras.
Es preciso anotar que hay quienes piensan que lo más terrible de la imbecilidad es que ésta puede parecerse a la más profunda sabiduría. Lo señalado trae a colación el anodino discurso de muchos de los integrantes de nuestra fauna política al ser abordados diariamente por la prensa, al salir a disertar a las calles y plazas, y sus continuas recurrencias en la sabiduría popular, la misma que -como es natural- tiene muy poco de sabiduría y es más bien el fruto de una repetición de algo que no siempre tiene su origen en la inteligencia. Las falacias de los políticos, sus variados argumentos para explicar por qué vivimos cómo vivimos, por qué nuestra ciudad es altamente insegura, por qué vivimos históricamente postergados, y un largo etecé de problemas sin solución a la vista que ellos conocen de memoria, redunda en una estupidez que es democrática, universal y que no se refleja en el espejo.
Las preguntas se desprenden a esta altura del texto por sí solas: ¿cómo podemos deducir a la hora del sufragio si tal o cual candidato es estúpido o por lo menos lo es en potencia?, ¿cómo se reconoce a un político estúpido o quién encaja perfectamente con el adjetivo?
El estúpido es sobre todo alguien que no piensa en lo que dice, que no detecta las a veces sutiles diferencias entre las cosas, que está completamente satisfecho consigo mismo y que finalmente es presuntuoso y hace gala de una vanidad estratosférica. Pero ahora que recuerdo, el estúpido es sobremanera alguien que ignora su condición y que considera estúpidos a los que dicen o hacen algo que no les complace. Tremendo detalle.
Habrá que filosofar –largo y tendido- sobre quién es quién en la vida política, social y cultural del país. Queda abierto entonces este quien sabe insípido debate.

En las librerías, mientras duermes

miércoles, 1 de febrero de 2012

Ribeyro: Diario de un diario

Sobre Ribeyro, voz única en el universo de la cuentística latinoamericana, tratan las siguientes líneas, diario de un diario en la palabra de Juan Gabriel Vásquez que toma nota detallada de las impresiones del autor de "Dichos de Luder" para analizar su posición como escritor ante nosotros los lectores, su vida misma, la percepción que tuvo de la escritura y la vida. El que sigue es un texto imprescndible sobre Julio Ramón. Posteo aquí un fragmento, al final del post es posible acceder al texto completo. Muchas gracias por estar ahí después de tantos años, estimados lectores de esta modesta pero perseverante bitácora destinada a difundir cultura y a enhebrar los esfuerzos de quienes aman el papel en blanco (para escribir sobre él), de quienes aman la libertad...

Me doy cuenta de que he comenzado a hablar de Ribeyro cada vez que puedo. Le pregunto a la gente si lo ha leído; les pregunto a mis alumnos norteamericanos si saben quién fue. Uno de ellos, para hacerse una idea de este nuevo personaje desconocido, me pregunta si Ribeyro era un escritor «revolucionario», y me parece que ha encontrado la clave de algo. Es imposible entender el boom latinoamericano al margen de Fidel Castro, de Casa de las Américas en Cuba. Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa colaboran regularmente con la revista de la Casa de las Américas; García Márquez se adhiere desde el principio y de manera (dolorosamente) incondicional a la Revolución. En toda América Latina surgen revistas como Siempre! o Primera Plana que sirven de caja de resonancia a los autores del boom, siempre a cambio de su apoyo al nuevo socialismo caribeño. En todo este panorama, ¿dónde exactamente se ubica Ribeyro? Ya el 11 de mayo de 1956 había escrito: «La ventaja de no tener opiniones es que uno jamás se repite». Y el 30 de julio: «Uno de los problemas que más me inquietan es la imposibilidad en que me encuentro de definir mi posición política». El 1 de enero de 1959 Fidel Castro entra triunfante en La Habana, y el mundo latinoamericano se sacude desde el Río Grande hasta la Patagonia. Pero en el diario de Ribeyro la primera anotación del año es del día 19, y habla de una obra de teatro que acaba de terminar; la segunda, del 26, habla de su úlcera. El nombre de Castro aparece por primera vez el 22 de agosto. Pero de 1960.

No se piense que Ribeyro era un ingenuo político o un habitante de una de esas torres de marfil de las que nos suelen hablar con cierta frecuencia a los escritores latinoamericanos. Ribeyro conservó siempre una conciencia profunda del mundo que lo rodeaba; sólo un empecinado observador social, sólo un crítico intransigente de la fauna peruana, hubiera podido escribir Los gallinazos sin plumas, ya no digamos las Tres historias sublevantes.
Los cuentos de Ribeyro coleccionan pequeños momentos de verdad íntima, pequeñas revelaciones o, si se quiere, epifanías. Pero no hay grandes verdades, no hay verdades políticas, porque el autor era incapaz de ellas. El 26 de julio: «Desaliento, mientras redacto el manifiesto sugerido por Vargas Llosa, “Estamos en país ocupado: resistir”, sobre el papel que deben jugar en el Perú los intelectuales. Me doy cuenta de la inutilidad de la palabra». Y concluye a manera de memorando privado: «Tentación de la política, grave escollo de los escritores que se acercan a la madurez. Evitarla»...


sábado, 28 de enero de 2012

Marco Cueva: pez de mar nació, solo le dieron un río

Legado, vida y pasión de un escritor, maestro y pedriatra comprometido con los desposeídos

Augusto Rubio Acosta


Sartre decía: “Para llegar a ser hombre se necesita primero confundirse, sumirse en las tinieblas, sólo después de eso se encuentra la madurez necesaria para vivir”. La cita ha venido hoy a nuestra mente, pues recuerdo que la consignaste, Marco, como epígrafe de “Sobre el arenal”, el libro-árbol-prójimo por el cual se te recordará siempre, la rama-césped-verdor de otoño que forma parte desde hace mucho de no pocas bibliotecas en los hogares portuarios, del imaginario de los estudiantes que se han entregado a su vibrante y desesperada lectura.
Las que siguen son para el suscrito líneas muy difíciles de escribir, complicadas en extremo en la medida que es imposible reunir en ellas todo lo que tú, Marco, has significado para esa legión de chimbotanos que compartieron sus días contigo, que aprendieron en las aulas o en la vida misma de tu actitud frente a la vida, que hicieron suyas tus palabras e ideas, y por eso te acompañaron estos días allá en Cipreses durante la hora cero, cuando el dolor nos hacía un nudo en la garganta y ni siquiera éramos capaces de leer ecuánimemente y en voz alta tus viejos poemas.
Los días que han pasado, hemos vuelto a ver los vídeos con las entrevistas que hace tres años grabamos contigo -para el blog- en la quietud de tu hogar. Tampoco ha sido sencillo visualizarlos porque se trata de un amigo, un ser humano como los que ya no existen, una persona a la que estuvimos muy vinculados, prácticamente desde el día en que volvimos a Chimbote decididos a insertarnos en su vida cultural y de alguna forma en la solución de los problemas de su gente.
Caminamos juntos mucho tiempo. Un largo camino. Sobre el arenal nos hiciste partícipes de Isla Blanca, referente cultural del puerto, epicentro de innumerables jornadas librescas y no pocas batallas donde juntos defendimos lo que el corazón nos señaló siempre como destino. Fue ahí donde accedimos a "Porque confío en el mañana" (1980), a tus plaquetas y a los libros que generosamente compartiste con nosotros. Fue ahí donde pudimos percibir tus emociones, nostalgias y sueños, todos ellos íntimamente ligados con la reorganización de los estudiantes peruanos en La Plata, con la agrupación Amauta, el grupo de teatro Javier Heraud, el Centro de Estudiantes de Medicina y la Federación Universitaria Argentina, entrañables espacios, mudos testigos de tus alegrías y luchas juveniles, también de las aciagas y cruentas jornadas que oscurecieron la historia de la dictadura argentina.
(…) a La Plata fuimos no solo a obtener títulos académicos, que pueden estar llenos de vanidad, sino a adquirir valores de honestidad, trabajo, estudio, y fundamentalmente de identificación consecuente con los sectores más necesitados de nuestros pueblos, que -a pesar de la modernidad y del avance tecnológico- viven postergados injustamente de sus necesidades más sentidas. Y sobretodo los niños…”. La voz de Marco Cueva se dejaba oír siempre de esta forma en los auditorios poblados de jóvenes galenos y aspirantes a esa noble profesión. Así fuiste, así continúas siendo. Por eso nos cuesta tanto –como nunca antes- escribir, acordarnos de los momentos vividos, echarnos a hurgar en el pasado, en el libro pendiente de escribir.
El último domingo, en la historia de los hombres y mujeres que escriben y transitan por el horizonte cultural de Chimbote, en la vida de la hermosa familia que forjaste, en la mirada de quienes alguna vez fueron tus colegas, alumnos y camaradas de arte, se vivieron momentos de honda pena.Se ha ido Marco Cueva, el escritor, nuestro hermano”, se podía leer en los muros de las redes sociales que difundían la noticia junto a fotografías y vídeos de recitales de poesía y presentaciones de libros que constituían tu modus vivendi, la forma particular que tuviste de afrontar la existencia.
Fui pez nacido para nadar ilimitadamente por los mares / para surcar con libertad los continentes / para sufrir las tempestades y las olas / para escapar de monstruos, tiburones y ballenas / para vivir / al fin / en todos los océanos…”. Pez de mar naciste, Marco, pero solo te dieron un río, uno estrecho y limitado, tortuoso y manso, que quien sabe pretendía atragantarse devorando todo a su paso mediante la vorágine que arrastra consigo la vida moderna e individualista. Sin embargo, a tu vida en el puerto le impusiste un destino cambiado. De muchas formas te las arreglaste para ser contemporáneo de quienes habían nacido más de un cuarto de siglo después y crear una atmósfera especial para quienes abrazaron tu amistad y la literatura como destino. Marco convirtió en sencilla (y sincera) la vieja ciencia de la medicina y en sumamente accesible para los niños y niñas que no podían sino mirar a la distancia –como un privilegio- la atención médica de calidad que supo prodigarles y merecían largamente.
Marco Cueva nació en Pacasmayo, pero como reconocieron en la hora final sus propios coterráneos, perteneció cabalmente a la arena de nuestras playas. Llegó aquí en los años ochenta y decidió quedarse para forjar su hogar y aprender, para pagar su derecho de piso y empezar a transitar por el camino letrado que había elegido. Años después, con mucha experiencia a cuestas, desde Isla Blanca empezó a caminar delante de los nuevos poetas y narradores, de los nuevos gestores culturales que lo siguieron como se sigue a un profeta que nunca hizo públicas sus profecías, heredando a quienes participaban de su entorno un imborrable legado, la irrenunciable esperanza de un país distinto, uno justo y solidario.
Marco Cueva se ha ido, pero no ha sido más que un hasta luego. Hasta la victoria siempre, amigo, muy pronto volveremos a encontrarnos.

* Del archivo, dos entrevistas en vídeo a Marco Cueva Benavides (2009): 1 y 2

jueves, 19 de enero de 2012

Mamacha Simona


Telúrica y magnética, así es la letra de esta hermosa canción de La Sarita que hoy comparimos con ustedes. El llamado de nuestros ancestros, de las piedras calientes de que está hecha nuestra alma, nuestra idiosincracia y el corazón latiendo aprisa a la hora de luchar, pelear y defender nuestra cultura, lo que nos pertenece y nos es negado. Arguedas vive, nos llama nuestra sangre milenaria, yo me adhiero.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Cuando se ligaba a una mujer leyendo

Fernando Iwasaki

"Es verdad. Hubo un tiempo glorioso en el que los libros, la lectura, el conocimiento y los idiomas provocaron un efecto afrodisíaco en una generación de mujeres sensibles, inteligentes y bellas que hoy tienen entre 40 y 50 años. Y no es que las mujeres menores de 40 ya no sean sensibles, inteligentes y bellas, sino que ahora las mujeres saben que la mayoría de los hombres no pasa del suplemento de deportes y por eso no hay tío que aguante dos rounds de vis-á-vis literario con una tía. Pero en los años 70 no era así, y uno se conmueve al recordarlo. Yo entré a la universidad en 1978 y -a punto de cumplir los diecisiete- alcancé a estudiar con las últimas chicas que todavía creían en el «hombre ilustrado». A mi favor estaba que yo leía muchísimo y en contra tenía que todas eran mayores que yo. Pero entonces uno era optimista y cuanto más adulta e inalcanzable era la chica de mis sueños, más densos y enrevesados eran los libros que devoraba en vano, porque nadie me advirtió que una cosa era parecer interesante y otra muy distinta resultar rarísimo. A fines de los 70 era inimaginable ligar presumiendo de borrico, pues el mínimo exigible a un manganzón en edad de merecer suponía Cien años de soledad, Historias de cronopios y de famas, El arte de amar de Erich Fromm, ciertas nociones de Marx y cualquier película de Fellini. ¿Quién no ha formado parte de algún círculo de estudios durante los años 70? Y es que en los círculos de estudios se ligaba más que en las convivencias, porque las chicas eran la mar de intelectuales y sólo se fijaban en eso:- ¿Sabías que Fulanito tiene una bien gorda?- Será el Ulises de Joyce.- Yo creo que es Guerra y Paz.Las chicas de los 70 me hicieron leer El Principito, Juan Salvador Gaviota, El viejo y el mar, Cartas a un joven poeta y todos los pensamientos de Khalil Gilbran, antes de cumplir los 15. Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante. Muchos contemporáneos míos presumen de disfrutar de una segunda juventud al lado de chicas más jóvenes y hermosas. Puede que sean más jóvenes pero no más hermosas, porque las chicas más bonitas siguen siendo las mujeres de mi edad. Las únicas mujeres de las que me he enamorado siempre a través de sus conversaciones, sus ideales y sus reivindicaciones. Las únicas chicas que comparten conmigo melancolías, canciones y lecturas. Gracias a ellas puedo escribir una autobiografía y no una «autoviagrafía», porque ellas me enseñaron a soñar, a vivir y a leer. Aquellos fueron unos años mágicos, maravillosos y emocionantes, porque la cultura y la belleza eran igual de conmovedoras para las chicas de los 70. Ellas querían saber qué libros leíamos y sus ojos relampagueaban sensuales cuando uno les hablaba de Poe, Jünger, Dumèzil o Lawrence Durrell. Por eso las mujeres que hoy tienen entre 40 y 50 son así de tiernas, fuertes, brillantes, ilustradas y cómplices. Y a mí, que me hechizaron en la juventud, me siguen fascinando en su plenitud."

miércoles, 21 de diciembre de 2011

la palabra encendida: ¡feliz navidad!

a ustedes, hermanos de la palabra encendida, a quienes le preparan el desayuno a mamá, a la esposa, a los hijos y vigilan sus fiebres, su pulso, sus alegrías y tristezas. a ustedes que se convencen con el día a día de que al mal tiempo buena cara, a quienes conservan intacta y rebelde su capacidad de indignación ante las injusticias que vivimos, a quienes aman la lectura y acuden a ella en las circuntancias más desesperadas. a quienes oran de pie y se alzan incólumes frente al llanto y las oscuridades que nos impone siempre la existencia. a quienes -por encima de todo- conservan siempre la esperanza. a ustedes, a los niños de mi patria que miran su único futuro posible con un libro bajo el brazo (o brazo en alto con libro empuñado), a ellos siempre este reconocimiento sincero, este deseo de una cálida navidad junto a los seres que amamos.
es navidad, compartamos con los que nada tienen lo poco o mucho que dios nos alcanza.
un abrazo sincero de @mareacultural

miércoles, 7 de diciembre de 2011

De cultos y culturosos

Eloy Jáuregui

Escribir genéticamente es un acto subversivo. Uno expone sus travesías y naufragios. Repito, ya lo dijo claro pero lo dijo, refutando al DRAE, el refulgente Marco Aurelio Denegri, que los peruanos tenemos la particularidad de generar cojudez con una facilidad asombrosa. Somos, pues, cojudógenos”.
La vez que produje un reportaje para “Panorama” de Canal 5, “De qué viven los escritores en el Perú”, el dueño de Panamericana, el omnipresente Genero Delgado Parker impidió su emisión. Entre otras cosas me tildó de ser un periodista exageradamente “culturoso”. El adjetivo es despectivo en Argentina, Cuba y Venezuela. Se describe de “aquel que aparenta tener alta formación cultural” según el DRAE. El asunto viene a cuento a raíz de las filudas declaraciones del crítico literario, caricaturista, sexólogo, polígrafo y gramático (sic), Marco Aurelio Denegri cuando en la última edición de su programa “La función de la palabra” llamó a la lingüista Martha Hildebrandt de computarse “la última chupada del mango”, dijo que su reciente libro: “1,000 palabras y frases peruanas” (Editorial Planeta, 2011) muestra una serie de errores y dejó entrever que ya era hora que a la Hildebrandt le digan sus cuatro verdades porque “ha creído durante muchos años que ella es lo máximo en materia lingüística y eso no es cierto”.
Tiene razón el especialista en el arte de Onán, la cajonística y la gallística. El libro es un vademécum de gazapos. Pero esa es una pelea de blancos y ahí no me meto. Hace unos días, cuando asistí a su programa a raíz de la aparición de mi libro “El Pirata” (Mesa Redonda Editores, 2011), Denegri –a quien le teme medio mundo y no es para tanto— de arranque se me lanzó a la yugular exigiendo que explique por qué el compositor Felipe Pinglo Alva era “un reverendo huachafo” como afirmaba en mi texto. Le expliqué, le hice ver, lo convencí que los temas de “El bardo” tenían varios momentos y que al principio, cierto, pecaba de cursi en sus valses. Al final el “huachafo” era yo y por qué no, “huachafo” también era Denegri.
Entre otras huachaferías, lo fui amansando cuando le hablé de otros ángulos de nuestro criollismo, del “gato broster”, del “juego de tablón” donde Abraham Falcón, de las grupas de las morenas en lo de “La Valentina”, de la chispa de Pepe Villalobos, de las amanecidas con Carlos “Chino” Domínguez y Arturo “Zambo” Cavero, de la gracia de Alberto Romero, de don Pepe Durand, de los “amorfinos” de Augusto Azcues, de la penumbra brillante de Pablo Casas Padilla –autor del verso que intitula mi página “Tu mala canallada”— Y vamos que Denegri demostró que tenía correa. Se cagaba de risa cuando nos íbamos al “corte” y demostró su espíritu palomilla y su experiencia en la cultura de esquina y que no era palomilla de azotea.
Hay una manga de cojudos que viven de lo que escribe uno. El breve César Hildebrandt –hermano, sobrino, cuñado e hijo putativo de Martha Hildebrandt— me chanca porque en una de mis crónicas escribí que el presidente Humala era ignorante del “nudo tubo” porque como militar, apenas sabía del arte del “nudo Wilson”. Lo decía con cacha, enano mental pero como eres una papilla de odio, confundiste mi elegancia barrial propia del Duque de Windsor con tu gigantesca petulancia de las bancas del Parque Huiracocha en Jesús María. Sé que te falta esquina pero ahora estoy seguro que eres un reverendo cojudógeno (Ver “Diccionario de Peruanismos. El habla castellana en el Perú”. Álvarez Vita, Juan. Fondo Editorial Universidad Alas Peruanas. Lima 2009).
Escribir, genéticamente es un acto subversivo. Uno expone sus travesías y naufragios. Repito, ya lo dijo claro pero lo dijo, refutando al DRAE, el refulgente Marco Aurelio Denegri, que los peruanos tenemos la particularidad de generar cojudez con una facilidad asombrosa. Somos, pues, cojudógenos. El neologismo cojudógeno dícese de la persona que genera cojudez, que la suscita y despierta, que la provoca y engendra. Cuando en una reunión, por ejemplo, comienzan a proliferar las cojudeces, ello indica que hay uno o más circunstantes cojudógenos. El proceso se llama cojudogenia. He tratado de limpiarme de esa plaga, lástima, en este país eso es un imposible. Cambio de tema. Hacer periodismo para periodistas en sí, es una cojudez.
Por ello, en mi último taller “La crónica, la hija mala de la literatura”, el pasado 30 de noviembre en el marco del V Festival del libro de la Universidad Nacional San Agustín, en Arequipa, varios periodistas salieron disparados porque afirmé que el periodismo peruano no se recupera todavía de la década putrefacta del fujimontesinismo. La Sala Melgar tembló. Por ello, aquello de hablar a media voz, que es un deporte nacional, ya no va más. O dices las cosas de manera estentórea o te quedas callado. Este año he viajado como nunca por todo el Perú. Y a los gritos he dicho mis verdades. En Piura, en Iquitos, en Chimbote, en Huancayo, recientemente en Ica y ahora en Arequipa que es donde escribo esta crónica.
Repito, frente a la gente que no te quiere, igual, no he parado de escribir erecto. Ha ocurrido, cuando me he preguntado sobre las razones de este quehacer, el de escribir, aquello de confirmar en grafías las ideas y los sueños, pues no siempre estoy de acuerdo con los otros: esos que también escriben. En mi caso, ya no me interesaba el hablarme al oído dudando a más no poder. No a las certezas tajantes, jamás a las afirmaciones inapelables. En ese proceso de grado cero de la escritura, hipótesis e impulsos eléctricos ganan la necesidad de hallar la certeza a partir de sus opuestos. Por eso algunos doctos me han tildado de chiflado más que de huachafo que en el fondo creo que es lo mismo. En el fondo, ese “escribir” tiene, sobre cualquier otra cosa, bastante de experimento, voluntad más de aprender que de enseñar, esfuerzo por mejorar el mundo, humanizar a tantos usureros, liberarse de la angustia de las miserias todas, hacerse conocido más que famoso y construir un mundo para que lo habiten menos imbéciles.
Y en el Perú hay muchos escritores a los que yo me parezco. Mis amigos de Athenea de Piura. Augusto Rubio y Jaime Guzmán en Chimbote, Leydy Loayza y Martín Horta, Mauricio Rosales en Ica, Jaime Vásquez Valcárcel, Percy Vílchez y Carlos Reyes en Iquitos, Juan Carlos Romero y Jorge Salcedo en Huancayo, Misael Ramos, Cristhian Ticona, Augusto Carrasco, Filonilo Catalina, Julio Mauricio, Miguel Cordero y Luis Aspajo en Arequipa. Es decir, como diría Paco Moreno, mi colega en este diario: “Gente como uno”. peruanos dispuestos a dialogar. A vivir en una cultura de la paz. A ser permeables y saber escuchar y no ser intolerantes como muchos radicales de la estupidez. Aquí, en Arequipa, bajo el volcán como un Malcolm Lowry del pobre y abstemio hasta no más, escribo estas líneas. Aquí nacieron mis padres. Ellos me enseñaron a ser decente y a querer a los míos, los peruanos que tanto nos respetamos, sobre todo ahora que andamos peleados. Perdonen la tristeza.

Tomado del Diario La Primera.