miércoles, 26 de junio de 2013

El Quijote de mi pueblo

 Fernando Cueto Chavarría

Tienes que conocerlo, me dijo Hugo Vargas Tello a mitad de un ceviche; con él vas a congeniar de inmediato. Esa misma tarde lo fuimos a ver y, la verdad, me quedé desconcertado: vestía un pantalón de franela roja desteñido y una chompa raída, deshilachada por las mangas y el cuello, y tenía la barba crecida y los cabellos entrecanos tan alborotados que parecía que nunca habían conocido el peine. Pensé que Hugo me había jugado una broma, y ya estaba por retirarme, pero el hombre, después de estrecharnos las manos, se echó a hablar. Y hablaba como un iluminado, como alguien que creía tener la verdad y tenía prisa en contarla. Y hablaba solamente de libros, de obras pasadas, recientes y futuras, de las que ya había publicado y de las que pensaba sacar más adelante. Luego pasamos a la trastienda, y sufrí un deslumbramiento: las paredes tenían estantes atiborrados de libros, las mesas estaban llenas de libros y hasta en el baño había cajas repletas de libros. Entones sonreí complacido y me dije a mí mismo: esta es la persona que estaba buscando.   
Al día siguiente, muy temprano, sonó el teléfono de mi casa. Era él; seguía hablando de libros. Quedamos en vernos ese mismo día, en la  tarde, en el restaurante La Gitana. Y, al caer el crepúsculo, ya estábamos sentados a una mesa, comiendo anticuchos y tomando cerveza. Hablamos de todo: de nuestras vidas, de nuestras pasiones, de nuestros autores y libros favoritos; y en eso, como una revelación, llegamos a José María Arguedas y sucedió algo increíble: como un relámpago, nos miramos a los ojos y nos reconocimos hermanos, los hijos perdidos del gran andahuaylino. Habíamos tocado nuestra fibra más sensible, habíamos llegado a nuestro punto de fusión. Horas más tarde salimos de La Gitana abrazados, ebrios y felices de habernos descubierto, dichosos de sabernos iguales. 
Así empezó todo. Jaime Guzmán, el loco del puerto, me invitó a colaborar en la revista Los Zorros -a presentar un poema, un artículo o una narración cada quince días- y, a la vez, me propuso publicar mi primer poemario y me animó a terminar una historia que tenía dispersa en capítulos inconclusos. Para ese entonces él ya había publicado la novela Banchero, los adolescentes años 60 de Chimbote, de Guillermo Thorndike, y el libro de cuentos Las islas blancas, de Julio Ortega, y se encontraba dominado por una especie de locura frenética que, a la larga, lo llevaría a publicar libros de Óscar Colchado, Antonio Salinas, Miguel Rodríguez, Augusto Rubio, Ítalo Morales, Braulio Muñoz, Francisco Vásquez, y a demostrarnos a todos que, en el fondo, estaba más cuerdo que cualquiera.  
La presentación de mi poemario Labra Palabra coincidió con la de la novela Leyenda del Padre, de Miguel Rodríguez, y fue una noche apoteósica. Jaime Guzmán había comprometido, para que presentaran los libros, a Oswaldo Reynoso, Washington Delgado y Miguel Gutiérrez, los mayores exponentes peruanos en narrativa, poesía y crítica literaria, respectivamente. Y, como no podía ser de otra manera, el restaurante La Cochera, el local de la presentación, estuvo abarrotado de gente, de hombres y mujeres que ocuparon todos los rincones, incluso hubieron personas que, de pie, rodearon como un enjambre la mesa de honor y muchas otras que atisbaron el espectáculo desde las ventanas, paradas en la vereda. Horas después, cuando pasó el alboroto, Oswaldo Reynoso me confesó, un tanto conmovido, que nunca en su larga y trajinada vida, ni siquiera en Lima ni en todo el Perú, había vivido una experiencia igual, esa fiebre colectiva por escuchar la palabra de los escritores y saber de sus libros.  
Esa noche me di cuenta de que algo estaba cambiando, de que Jaime Guzmán había abierto las compuertas de un fenómeno que sería imparable. Por primera vez, a lo largo de toda la historia de este país, los principales escritores y críticos literarios, afincados en Lima, habían volteado los ojos y se habían dignado a ver lo que sucedía en el interior, en las provincias. Y lo que descubrieron les golpeó la cara como una bofetada: allí, en las entrañas mismas de la nación, había una hormigueante actividad cultural, una producción literaria que se mantenía siempre viva, firme e imperecedera a pesar de los larguísimos años de olvido y postergación. Y entonces, ellos mismos, los limeños, cayeron  en cuenta de que, en realidad, eran provincianos y que la mayor parte de la producción literaria capitalina la habían escrito los hombres venidos del interior del Perú. 
Pero Jaime Guzmán no se detuvo; en verdad, nunca supo estarse quieto. Continuó publicando obras desde su trinchera, desde su editorial chimbotana, y fue actor principal en las ferias regionales de libros e impulsó, adelantándose a las políticas gubernamentales, el plan lector en los colegios. Y, aunque yo no sabía leer los augurios del cielo, un día, de improviso, él me plantó una mirada de alucinado y, entre risas, me dijo que podía vaticinar el futuro y que, a pesar de que yo mismo no lo creía, él me veía publicando libros y convertido en un verdadero escritor.  
De hecho, fue la primera persona que creyó que yo tenía cualidades, si es que las tengo, para escribir. Y fue gracias a esa fe que él le ponía a las causas perdidas, a su obstinación y perseverancia, que publicamos mis dos primeras novelas Lancha varada y Llora corazón. Para mi tercera novela, Días de fuego, él mismo, en un desconcertante acto de desprendimiento, me dijo que mi obra merecía difundirse en un ámbito mayor, que necesitaba salir de Chimbote, y se comprometió a publicarla, en coedición, con la editorial San Marcos, de Lima. Más adelante, cuando le enseñé el borrador de mi cuarta novela, Ese camino existe, Jaime se sinceró y me dijo que ya no podía publicarla, que ese libro merecía otro tratamiento. Y fue él mismo quien me animó, casi me conminó, a presentarla al premio Copé, diciéndome que estaba seguro de que yo lo ganaría y que, el día que se dieran los resultados, él se bañaría calato en la pileta de la plaza de armas de Chimbote.
No se bañó calato, pero, en marzo del año pasado, cuando lo llamé por teléfono para darle la buena noticia, él no podía hablar; ya estaba enterado, y lloraba como un niño. Esa noche nos embriagamos y juramos que seguiríamos publicando libros, que no nos detendríamos hasta ganar todos los premios literarios habidos y por haber. Esa noche nos fuimos a dormir soñando que habíamos ganado el premio Nobel. 
No sé qué pasó después, cómo es que el tiempo avanzó tan rápido y nos hizo una mala jugada. Yo estaba escribiendo mi última novela -la que recién acabo de concluir-, y él se mostraba entusiasmado, animoso con los avances que le iba dando, pero un día de fines de diciembre, me llama a mi casa y me dice que tenía algo que decirme. Nos encontramos en el centro de la ciudad, a las 9 de la mañana, en una cevichería que recién estaba abriendo, bajando las sillas de las mesas. Allí pidió una cerveza y me dijo así, de sopetón, que ya no le quedaba mucho tiempo de vida y que los proyectos que habíamos trazado se quedarían truncos. Yo le dije que no se bromeara de esa manera, que no dijera esas cosas; y él me replicó que estaba hablando en serio, que él sabía por qué me decía todo eso.
Después todo ocurrió a una velocidad increíble. Una mañana, en febrero de este año, Marina, su esposa, entre lágrimas me confirma que Jaime estaba grave en Lima, luchando en desventaja contra el cáncer. Y yo me quedé perplejo, pensando que él lo había previsto todo, que el gran lector de los designios del cielo había vaticinado su propia muerte. Y ya no pude salir de mi asombro, me quedé pasmado, enceguecido, con un nudo en la garganta y una sombra de incertidumbre delante de los ojos. Hasta ahora, en que, a un mes de su partida, el panorama se me despeja y la voz se me aclara un poco, y recién puedo decirle lo mucho que lo apreciaba, la suerte que tuve de encontrarlo en mi camino y cuán agradecido estoy por todo lo que hizo por mí.
Esto era lo que quería decirte, Jaime Guzmán, esa era la voz que te debía, deshacedor de entuertos de mi pueblo, lo que no pude decirte en su momento, mi Quijote, y preguntarte, de paso, ¿por qué te fuiste, compañero, así tan de prisa y desarmado, sin adarga antigua, rocín flaco ni galgo corredor?

lunes, 24 de junio de 2013

La ética periodística en debate



 Augusto Rubio Acosta

¿Somos cada uno de los periodistas buenas personas?, ¿estamos orgullosos de nuestra profesión y de lo que resulta de nuestro ejercicio?, ¿tenemos un sentido de misión en la vida, en la profesión?, ¿estamos dispuestos a una entrega total?, ¿qué tan apasionados somos de la verdad?, ¿qué tan autocríticos somos?, ¿elaboramos y compartimos conocimiento?, ¿tenemos un objetivo?, ¿tenemos sentido del otro, en tanto desconocemos o destruimos al otro y nos deshumanizamos en ese camino?, ¿somos independientes?, ¿tenemos credibilidad?, ¿mantenemos intacta nuestra capacidad de asombro?
Cada día que pasa, los periodistas tenemos la oportunidad de cambiar algo de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, hace tiempo que la crisis del periodismo y las deformaciones en su ejercicio se han convertido en lugar común. Años que se habla y debate en el ámbito académico sobre la desaparición de la profesión como la conocemos. Tiempo que se señala con el dedo a los malos periodistas, a quienes denigran la profesión, así como se reconoce a quienes hacen honor al apostolado, a su forma de vida. Y es que no se puede negar que -desde hace mucho- la mayoría de periodistas han dejado de cumplir con su función principal e intrínseca: acercar a los ciudadanos la información necesaria para que puedan tomar mejores decisiones, orientarse en la vida pública, conocer aquello que no pueden vivir en forma directa y controlar (fiscalizar) a quienes ejercen el poder. 

Antes, hace muchos años atrás, los periodistas garantizábamos la salud del sistema democrático, pero ahora –como están las cosas, con el periodismo que ejerce la mayoría de medios del sector- lo ponemos en peligro. Las formas de presentar y relatar los acontecimientos noticiosos son ahora insuficientes, el lenguaje periodístico dice poco, dice nada o esconde y distorsiona la realidad. En las redacciones de estos tiempos, las áreas de publicidad de los medios de comunicación (y sus clientes o anunciantes) pretenden imponer (e imponen mayoritariamente) su agenda: entretenimiento, farándula contaminada con hechos políticos, contenidos de dudoso aporte educativo, social,  cultural y periodístico, incapaz de anticipar las crisis sociales. Y aquí la influencia de los medios como factores de poder, la precariedad laboral en muchas empresas informativas y la complejidad creciente de la realidad política y social, hacen que los principios que caracterizaron al periodismo desde su constitución como actividad autónoma hace más de un siglo atraviesen un período de graves cuestionamientos y redefiniciones.
Sin embargo, desde el punto de vista de la autocrítica de los periodistas y sus medios: cero. Existe la necesidad y la urgencia de generar cambios que determinen transformar la profesión en lo que se supone debería ser: la búsqueda constante de un periodismo más útil socialmente, uno de calidad que –aparte de conseguir relatar las noticias de forma diferente y con veracidad- sea más provechosa para la ciudadanía. ¿Cómo hacerlo? De diversas formas. Primero dejando atrás formatos y géneros anquilosados en el tiempo, generando un periodismo situado en la realidad social que debe escudriñar, comprender y relatar en toda su complejidad, para que el ciudadano pueda resolver sus problemas y concretar sus aspiraciones sociales legítimas e inexcusables.
Regreso a la semilla
Otra de las formas de transformar la profesión sería volviendo a los orígenes. Redefinir qué es el periodismo, distinguir quiénes son periodistas y quiénes deben recibir otro nombre para calificar su actividad; de igual forma dejando en claro cuál es la tarea específica que el periodismo cumple en una sociedad determinada y cuáles son sus principios básicos; pero sobre todo: construir una visión ética compartida sobre el ejercicio de la profesión, que conserve los estilos y la pluralidad como riqueza básica de nuestra actividad.
El investigar, chequear y reconfirmar la información antes de soltarla al viento mediante su publicación, es básico y urgente. Recuperar dos nociones elementales en la actividad periodística: la información entendida como bien público y una noción personal de la ética profesional, es prioritario en los tiempos que corren.
La materia prima del periodismo siempre ha sido un material altamente sensible y frágil, motivo de disputa de los poderes públicos, mercancía valiosa. Precisamente, por ser bien público, la información le pertenece a todos los ciudadanos tanto como les corresponde la educación, la salud, la justicia y un medio ambiente saludable, pero solo si se les aborda como temas relevantes y verdaderos, no deformados. Por eso la ética es el valor central de la práctica del periodismo. Por las funciones sociales que cumple en una sociedad democrática, el periodismo tiene una vinculación esencial y constitutiva con la ética. 
Una aguda crisis de identidad
Periodistas y medios tienen su principal juez en los ciudadanos, ante quienes deben dar cuenta de la responsabilidad que contrajeron con la sociedad al hacerse cargo de la tarea de buscar y difundir información. Pero como bien sabemos (y le consta a casi todos) la teoría choca inmediatamente con múltiples obstáculos en cuanto se aplica en la práctica cotidiana. Así, los principales dilemas éticos de los periodistas no están ya en los valores que se enumeran en los códigos deontológicos. Por el contrario, los problemas éticos fundamentales son de origen interno y derivan de la inédita crisis de identidad que atraviesa la profesión. Con la independencia y la veracidad convertidas en principios vacíos de contenido (o reemplazados por la primacía de los intereses económicos y políticos de los medios y su necesidad de generar ganancias), la propia función social del periodismo se desdibuja. Más aún, no muchos informadores podrían hoy responder quién es periodista o para qué sirve el periodismo en una sociedad democrática. Y eso es muy triste.
Incorporar una conciencia ética y un convencimiento íntimo sobre las implicancias que tiene la tarea de informar, que oriente el trabajo cotidiano y permita procesar las presiones a las que la profesión está sometida, se hace entonces imprescindible para todo periodista que se respete. Olvidarse de la reflexión se ha hecho común en las redacciones, la mayoría se limita a cumplir la tarea y a retener el puesto de trabajo, se ha renunciado a la responsabilidad social intrínseca a la profesión, y se continúa erosionando el mayor capital que tenemos los periodistas y lo único capaz de protegernos en épocas turbulentas: la credibilidad de los ciudadanos.
Uno de los valores centrales para distinguir a un periodista de quien no lo es debería ser su comportamiento responsable en la búsqueda de la información, la construcción de los relatos y su difusión a los ciudadanos. Más allá de los problemas de los comunicadores, los periodistas somos parte activa de la reconstrucción de la ciudadanía, de la sociedad en que vivimos. La profesionalidad de un buen periodista se construye sobre un ser humano, es algo imprescindible a la hora de pensar en la profesión. En conclusión: la ética consiste en el desafío que cada ser humano lleva consigo de ser excelente. No lo olvidemos.

sábado, 15 de junio de 2013

Día del padre (huaqueando entre el hueso)



 Augusto Rubio Acosta

Hay quienes celebran fechas especiales (como el Día del padre) o cualquier domingo del mes, bebiendo cantidades industriales de ciertas pócimas, divirtiéndose a sus anchas con las amistades en interminables e insulsos partidos de fulbito (y full vaso), perdiendo el tiempo en conversaciones absurdas, vagando por inercia o simplemente no haciendo nada: dejando pasar las horas, el día. Hay quienes buscan imponer la diversión en sus vidas como forma de evasión, que ésta sirva como desahogo de las frustraciones, miserias y ansias de rebelión de las personas. Así, mediante el entretenimiento y el espectáculo (que es evasión, distracción y un pasar absurdo del tiempo), el poder (léase el epicentro de control que gobierna la sociedad en que vivimos) pretende entretener al rebaño para que carezca de iniciativas propias. La mente y la imaginación quedan entonces atrapadas en un programa de entretenimiento y son manipulables. Eso lo saben muchos, les consta a casi todos los que consumen televisión y prensa basura. Lo saben pero no les importa, más puede su afán de ‘sano esparcimiento’, de divertirse a costa de todo.
El paisaje en las ciudades ha cambiado en los últimos años. Chimbote ha cambiado, obviamente para mal (basta ver sus medios de comunicación masiva para darnos cuenta de lo que pasa). Sin embargo, es posible recorrer Lima, Buenos Aires, Seattle, Liverpool, Chimbote y otras urbes, para constatar que las calles se asemejan mucho por las mismas tiendas, los mismos anuncios, las mismas marcas. En todas las ciudades mencionadas hay centros comerciales en donde se puede conseguir todo tipo de productos, sensaciones y servicios totalmente empaquetados y con códigos de barras. En ellos, cualquier momento de ocio creativo o auténtico sano esparcimiento queda reglado por las normas mercantilistas que contribuyen a mantener el binomio ocio = dinero. En Chimbote se pueden alcanzar grandes cuotas de ocio, de acuerdo a la cantidad de dinero que se disponga. La máxima es una sola: “hay que divertirse intensamente y rápido”. Ese ocio acelerado es el espacio de evasión que existe antes de volver al trabajo, al empleo que proporciona el dinero necesario para comprar el momento de ocio (el peor de los ocios). 
Hace unos días dimos una vuelta por cierta librería de viejo de José Olaya, reducto del cual –como siempre- salimos fortalecidos y con pesados paquetes para el diario. En el camino de regreso, no fueron pocas las ideas que nos asaltaron. Es cierto que quienes se dedican a comercializar libros antiguos (del siglo XVIII para atrás) y de viejo (con más de 25 años) pertenecen a iniciativas en extinción que en los últimos años –gracias a la Internet- encontraron la cruz y la salvación, pero cuánta falta nos hacen a los verdaderos lectores, investigadores y coleccionistas este tipo de espacios que ojalá proliferaran en el puerto. Hace unos días ‘huaqueamos’ a fondo en sus estantes, dedicamos nuestros momentos ‘de ocio’ a prolongar la grata sensación de comprobar que a más volúmenes nuevos que leer, más materiales habrá para la imaginación, para la creación literaria.
Hay quienes celebran fechas especiales (como hoy) de mil ‘divertidas’ formas. Nosotros celebraremos regresando a Olaya (ojalá atiendan), huaquearemos entre el ‘hueso’, encontraremos lo que andamos buscando y aspiraremos la brisa del mar desde la Plaza 28. Con nuevos volúmenes volveremos a casa, seremos felices…

jueves, 6 de junio de 2013

Un luchador social

Del mar de noticias a las que uno accede cada semana, rescatamos una entrevista que -sin ser excepcional ni nada por el estilo- permite traslucir a cierta plenitud la forma de sentir y de vivir de José Mujica, el presidente uruguayo. A continuación algunos fragmentos de la misma:
"¡Están locos! ¡Qué premio de la paz ni premio de nada! (se refiere a la postulación de su persona para el Premio Nobel de la Paz, por parte de una organización holandesa). Si me dieran un premio de esos es un honor para Uruguay y para arrimar unos pesos más para hacer casitas... En Uruguay hay muchas mujeres pobres con cuatro o cinco hijos porque los hombres las abandonan, y hay una lucha para que tengan un techo digno. La paz se lleva adentro. El premio ya lo tengo. Está en las calles de mi país, en el abrazo de mis paisanos, de los ranchos humildes. En mi país yo camino por al calle, voy a comer en cualquier lado sin la parafernalia de los hombres de Estado. No quiere decir que no tenga rosarios y puede que también algún enemigo, pero al fin y al cabo morir te vas a morir y no hay que vivir temblándole a todo. Al fin y al cabo, la vida ha sido muy generosa conmigo..."
"(...) Soy un luchador social lo he sido toda mi vida, ahora estoy en esta changuita de presidente que nunca pensé, pero el juego de la vida se dio así. Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo: fui aplastado, derrotado, pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de igualdad. El hombre tiene recursos para crear un mundo mejor, mucho más rico en cultura y conocimiento..."
Mujica también se refirió a su pasado guerrillero y a sus años de cárcel. "Nadie te puede devolver lo que perdiste en un calabozo, lo que fuiste tratado como perro al basural y otras cosas. En la vida hay que aprender a cargar con una mochila de dolor, pero no vivir mirando la mochila, hay que mirar hacia adelante. Cada madrugada amanece y la vida es porvenir, y es tan hermosa que hay que defenderla y quererla. Puedes caer mil veces, pero el asunto es tener la fuerza y el coraje de volverte a levantar y empezar. Volver a empezar es una actitud general que hay que pregonar en la vida. Los únicos derrotados son los que dejan de luchar, soñar y querer..."
Al finalizar la entrevista, la periodista expresó: "No parece usted un político", a lo que el presidente uruguayo respondió: "soy un luchador social".

El vídeo con la entrevista completa está aquí.

jueves, 30 de mayo de 2013

Carta abierta a Jaime Guzmán Aranda, sembrador en el desierto



 Chimbote, 27 de mayo de 2013

Querido Jaime,

Me dijeron que hoy saliste a caminar temprano, que se podía oír latir el corazón del mar, mientras a tu paso el vals, la polka, los huaynos y las cumbias, se fundían en contubernio inefable con el tarareo de los vagabundos y ladrones, las prostitutas y los desclasados, con el silbido de los pájaros cantores poblando los escasos y negruzcos árboles del puerto, con la indiferencia y el saludo fraterno de quienes se cruzaban a tu paso.
Me dijeron que de Pizarro doblaste por Ruiz, que las imprentas estaban cerradas en Ugarte y decidiste encaminarte hacia alguna cebichería clandestina cuyos dueños a esa hora recién despertaban. Nos enteramos que puerta a puerta (cuerpo a cuerpo) repartiste invitaciones, que aplanaste calles bajo el calcinante sol de la mañana anunciando la presentación de un nuevo libro, y que cuando ya no había adonde ir en el casco urbano, alquilaste un carromato destartalado para ‘mapear’ la urbe hasta sus más recónditos extremos.
¿Sabes?, hubiésemos querido volver a acompañarte. Pero saliste muy temprano hoy, hermano, no esperaste; madrugaste como otras tantas veces en que llamaste a nuestra puerta para ir al Terminal terrestre a recibir a los tejedores de palabras y sueños, a los alucinados, esos afiebrados seres que (sin brazos y sin labios) constataron siempre que Chimbote es más azul y antiterrestre que ninguna otra ciudad del planeta. Hubiésemos buscado un buen cebiche y recorrido la comarca entera, apagado la sed en bares subterráneos y liberado a los pájaros cautivos atrapados entre las ramas de los árboles, hubiésemos hablado de libros y proyectos editoriales, escuchado de nuevo el canto de las olas. 
Pero hay mañanas que se tornan noches oscuras en el corazón de quienes pronuncian tu nombre, Jaime; días en que el silencio circula y se instala con triste insistencia en quienes saben del papel y la tinta, de la lluvia y el mar. Hay amaneceres en que el océano se desasosiega, en que la vida, el entusiasmo, la esperanza y la fe, son expectoradas hacia el exilio, como si el dolor (ese círculo infinito que palpita ahora en nuestros cuerpos) se alzara sobre todos nosotros como el verbo adecuado para nombrarte.
Hay mañanas, Jaime, en que Chimbote amanece convertido en un gigantesco pecho inflamado en cuyo fondo los poetas de Isla Blanca, la muchachada de Río Santa Editores, tu familia entera y los vecinos, más una legión de lectores, escritores, profesores y amigos del puerto, sufren y lloran dondequiera que estén. Hay días en que la muerte es el martillo lacerante que aniquila nuestros sueños, Jaime, avivando el abismo, las correntadas terribles de los ríos que inundan las tierras del Santa arrasándolo todo, exterminando la alegría. Hay horas en que los libros tiemblan y se deshojan, en que las bibliotecas del puerto se estremecen, y la tristeza –cual cascada hacia el despeñadero- deja rodar nuestras lágrimas sobre la tierra desnuda que nos ha visto nacer y nos verá extinguirnos.
Hay momentos, Jaime, en que como ahora, vinimos para abigarrarnos alrededor de tu memoria y de tu gente. Instantes en que es imposible no mostrar este semblante de escritor a quien carcome sonora e inevitablemente el fuego de la madrugada inminente, garganta oscura que nos devora. Momentos en que asistimos al latrocinio de la muerte que nos arranca, que se lleva tu vida de nuestra existencia. 
Al otro lado del río, Jaime, estoy seguro habrás de continuar editando manojos de papeles -escritos y borroneados- recogidos de las calles, construyendo una pared y una biblioteca inexpugnable con los volúmenes que separan la ignorancia de la luz, levantando torres de palabras, extendiendo el brazo hacia el alba en señal de victoria. Al otro lado de la vida, compartiremos pronto una sopa yunca (para matar la resaca), volveremos a salir de gira libresca y cultural por los pueblos olvidados de Áncash, instalaremos estantes de libros en las plazas, toldos nuevos para protegernos de la lluvia, presentaremos libros en más burdeles y le sonreiremos al destino. Al otro lado, Jaime, sí hay lectores: allá están Juan Ojeda, Antonio Salinas y Marco Cueva, viejos camaradas, chalaneros inmortales que simplemente nos llevaron la delantera.
Está amaneciendo, despunta el nuevo día en el puerto y hace frío. Más tarde te llevaremos a San Carlos para que te despidas de San Judas Tadeo. ¿Después?, a Pizarro, como es obvio, al sur, al lugar donde has de descansar para siempre.
Adiós Jaime, ‘chimbotano hasta las lágrimas’, viejo amigo y hermano, nunca te olvidaremos.

Augusto Rubio Acosta

Chimbote: palabras urgentes desde el búnker


Augusto Rubio Acosta

El lunes 27 de mayo, en medio del dolor que significó la partida de Jaime Guzmán Aranda, viejo amigo y hermano de innumerables batallas por la lectura y la transformación cultural de la ciudad, la Comisión de Justicia Social me entregó públicamente un reconocimiento al mérito ciudadano, 'por el compromiso con Áncash, el aporte a la construcción de una sociedad basada en la solidaridad, los derechos humanos, la ética y la inclusividad', gesto que agradezco profundamente, que tiene un valor emocional enorme y que me reafirma en el camino que desde muy jóvenes emprendimos.
A todos los que desde la CJS impulsan un Chimbote, un país distinto, a quienes llegaron la noche del lunes al auditorio para compartir un abrazo, les agradezco mucho y los exhorto a proseguir combatiendo el oprobio, la indignidad, la corrupción y la desidia que por este tiempo parecen haberse apoderado del lugar donde vivimos. Decía el poeta Juan Ojeda (presente en la velada, nótese la pintura de Mayker Bocanegra en la fotografía que ilustra este post): 'Nosotros esperamos otra tierra'. Y la esperamos desde hace mucho, pero tenemos que luchar por ella, carajo, porque ninguna organización atestada de ladrones, corruptos y mediocres nos van a arrebatar Chimbote, que es nuestro sentimiento, nuestro puerto, nuestro destino...

miércoles, 22 de mayo de 2013

Recordando a Constantino Carvallo

A propósito de su libro 'El más vid de los oficios' (de inminente publicación), Eloy Jáuregui nos obsequia esta crónica sobre Constantino Carvallo, mítico educador peruano sobre quien leímos el domingo pasado un entreñable texto firmado por Jorge Eslava. A continuación, fragmentos y texto completo de 'Clase y tino de Constantino', crónica que registra nostalgia y agradecimiento dedicados a la memoria de uno de los grandes educadores peruanos:

El pasado domingo, Jorge Eslava, mi compañero de trabajo, publicó en El Dominical un texto recordando a Carvallo: “El timonel mayor”. Soy injusto, más que recordarlo hay que trabajar con él, digo yo. Y por supuesto que citaba los tres libros del maestro que fueron compilados precisamente por Eslava. Diario Educar (2005), Séptima Luna (2011) y Dónde Habita la Moral (2011). Todos publicados bajo el sello de Aguilar Santillana. Eslava en otra parte ha escribió: A principios de los ochenta, cuando lo conocí, era un Cristo: melenudo, barbado y comprometido por hacer el bien. Un predestinado a cuidar el alma del prójimo, a facilitar el encuentro de nuestras vidas múltiples y darles sentido. Por eso fundó el Colegio Los Reyes Rojos, inspirado en un verso de Eguren, ese poeta profundo y bueno. Qué tiempos difíciles significaron levantar una escuela innovadora -a contracorriente de los dictados del ministerio-, que concibiera la educación como una comunidad humanísima, sin odios ni discriminaciones. Constantino fue la lucidez y también el nervio para que -junto a un puñado de profesores entrañables- Los Reyes Rojos se constituyera en el lugar deseado para crecer. Cientos de adultos agradecemos al cielo la existencia de Constantino y de su colegio; nos devolvió la confianza en la bondad. Miles de chicas y chicos están orgullosos de haber estudiado en ese colegio barranquino; de haber abrazado a su director”.
(...)
Carvallo es pedagogo desde sus entrañas. Habla con tilde al asombro porque sabe. Y enseña porque domina la seducción, ese clavel esplendoroso para domeñar la ignorancia. Esto lo hace único en un país donde muy pocos leen. Entonces tiene enjundia y duende. Por eso cuando funda y dirige el colegio Los Reyes Rojos en 1978 en la calle Cajamarca en Barranco, le cayó el orden y la disciplina castrense. Yo soy su vecino. A dos casas más, vivo en los predios amorosos de Raúl Gallegos y Nené Herrera. Dos amigos propios de los personajes de José María Eguren.
Y cuando su colegio es cuestionado por innovar o revolucionar en este espacio tan sublime y al mismo tiempo dictador, como es la educación en el Perú de hace un tiempo, salta hasta el cielo. Hablo con él por mi cercanía geográfica y porque soy amigo de la esposa del poeta Enrique Sánchez Hernani, quien trabaja en el colegio y converso con Constantino hasta ayer. Yo como periodista, él como sabio. Le digo que no friegue con su ‘revolución educativa’, que se tira encima a la sociedad con su peso a elefante dormido. No, dice, hay que cambiar no solo para ser mejor sino para que todos mejoremos.
(...)
Rafo León tiene un problema parecido y lo cuenta en la revista “Caretas” respecto al estilo de Carvallo. Lo cito en mi sitio: “En gran medida la transparencia del alma de mis hijos data de los diez años que pasaron en el colegio barranquino, tutelados por Constantino para que guardaran siempre la alegría de vivir pero sin ignorar que nuestro mundo generalmente es espantoso, que hay cosas que se pueden cambiar y hay que hacerlo, pero existen otras en nuestra naturaleza que son inmutables. Tenemos la obligación de domeñarlas: la crueldad, la envidia, el deseo del mal a los otros, la mezquindad. Más áreas negras que blancas llevamos dentro los seres humanos, y eso, con tino y respeto, componía el mensaje pedagógico de Constantino a sus discípulos. Nuestra condición existencial. (…) Por ese tema tuve con Carvallo una fuerte discusión alguna vez, una bronca que nos distanció. Una diferencia infantil e inmadura que el tiempo limó y también determinó que yo aceptara que quien tuvo la razón fue él y no yo”.

Lea la crónica completa vía Cangrejo negro.

César Hildebrant: 'la prensa escrita es lo exquisito'


De la estupenda y última entrevista a César Hildebrant, publicada hoy en Diario 16, rescatamos algunos fragmentos que consideramos de interés de nuestra comunidad lectora:

-Usted ha dicho que a la prensa, al periodismo, le falta o ha perdido capacidad de indignación. ¿Cómo ve al periodismo peruano en tiempos de esta aparente democracia, del piloto automático?
Hay dos miradas. En la prensa escrita la hegemonía de la derecha es clarísima, aunque legítima, pues la izquierda no puede construir medios. La otra es la radio y la televisión. Creo que es el peor momento de la televisión informativa del Perú. Esto comenzó cuando la derecha se dio cuenta de que no podía dar concesiones. Y ha terminado con esta monotonía, esta cacofonía editorial que es la televisión. Todo está bien siempre que esté dentro del sistema. Ningún cuestionamiento esencial, ningún debate sobre cosas de verdad importantes. Se puede atacar a ministros, pero no al sistema. Eso produce esta grisura unánime de la televisión.
-¿Y la radio?
La radio es patética; solo hay una y está en manos de Alan, porque dos de sus mayores locutores son empleados suyos y porque él trató bien a esa emisora en su segundo periodo. No pretende informar sino adoctrinar. Son medios masivos. La prensa escrita es lo exquisito. Pero la gente forma opinión con la televisión y la radio. Soy de prensa escrita pero reconozco mis limitaciones.
-Pero usted ha hecho televisión mucho tiempo.
Sí, y me botaron por eso. Yo fui el último de los entrometidos, topos, detectado a tiempo y arrojado de la televisión.
-¿Sigue sin extrañarla un poco?
Ahora menos que nunca. No la extraño nada.
-¿Aun si le ofrecieran un espacio libre?
Si tuviera que descuidar el semanario, no lo haría. Ni siquiera lo pensaría. No quisiera ser, además, la cuartada para que se dijera que hay libertad de expresión. “Ahí está Hildebrandt”, como alguna vez dijeron. No quisiera volver a ser esa coartada.
-¿Sigue pensando sacar un libro sobre su paso por la televisión?
Lo he parado porque el semanario es una dulce esclavitud. No hago sino leer y trabajar en el semanario. La mitad del tiempo leo, y la mitad trabajo. No sé si lo terminaré.
-Y con la televisión, ¿ha tenido una relación de amor y odio, o más odio que amor?
La televisión me enamoró, yo nunca sentí por ella amor. Tuve una relación pragmática; sabía de su cobertura, de su poderío, lo que se podía hacer y me interesaba. Pero nunca me enamoré en el sentido que nunca me creí el hombre poderoso, ni el constructor de opiniones, ni el corrector de defectos, ni nada de lo que decían. Nunca me la creí. Siempre supe que era fugaz e ilusoria. Entonces, cuando me fui, no me suicidé ni deprimí. Cuando me fui echado, además. La televisión tiene un mérito, la intensidad, la inmediatez y su influencia. Pero tiene un demérito peligrosísimo: exige un nivel elemental del lenguaje y contenido. A uno lo apagan si quiere ser fino. La televisión exige lenguajes primarios, guiones muy precocidos. Uno termina con el léxico lesionado, elemental.
-¿Guarda rencor a alguien?
No, no tengo tiempo de rencores. El rencor destruye al que lo siente, no al destinatario. No he tenido tiempo de sentir rencor, y creo que tampoco debería haberlo sentido. He librado batallas, ganado algunas, perdido otras, he sido combatiente crónico, he tenido encontronazos y muchos afectos y filiaciones. Así que para mí el saldo es magnífico. No recuerdo nada que me avergüence y nada que me haya lesionado. He seguido mi camino modestamente, obstinadamente, y nadie puede decir que me compró o alquiló. Y ahora podría decir ni que me melló. De todas las guerras y heridas, estoy aquí, más o menos ileso, con el mismo entusiasmo de hace 40 años. Me siento con la misma energía. Y no tomo nada, solo decisiones.
-En 2011 decía que “Hildebrandt en sus trece” es una satisfacción porque se puede dar el lujo de escribir lo que le dé la gana sin depender de la publicidad. ¿Es a lo que se debe aspirar?
No creo que nadie que escribe en prensa no sueñe con tener el medio donde no le deba a nadie, que pueda ejercer la libertad con las restricciones de la responsabilidad. Cuando digo que escribo lo que me da la gana, no es lo que me nazca del forro o de la ira o de un mal momento, sino lo que razonablemente pueda decir con respaldo documental.
(...)

-Entonces se define como una persona feliz.
 No tengo dudas. Soy una persona feliz y creo que soy la versión más feliz de mí mismo en estos momentos. Al final, la felicidad es una suerte de sabiduría adquirida, la pasión excesiva no necesariamente trae felicidad. Y con los años uno puede priorizar de una manera un poco más prudente lo que vale la pena. Y lo que tengo ahora es eso, lo que vale la pena.
* Lea la entrevista completa vía la edición de hoy de Diario 16.

lunes, 20 de mayo de 2013

Heraud: la vida breve, eterna

 César Lévano
 
Parece que fue ayer cuando 29 balas dum-dum acribillaron al poeta guerrillero Javier Heraud. Cruzaba el río Madre de Dios o  a bordo de una canoa. Policías de la Guardia Republicana y algunos pobladores de Puerto Maldonado dispararon contra él, azuzados por un cura reaccionario. Javier había nacido el 19 de enero de 1942, tenía 21 años de edad, y era ya un gran poeta.Los asesinos no tomaron en cuenta que los tripulantes de la canoa habían izado bandera blanca y naufragado. Fue el 15 de mayo de 1963, en las venas de la selva. Tres años antes había escrito en su libro El río: “no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles”.
Era un muchacho alegre en una época triste. Hijo de la clase media miraflorina, había sido un privilegiado por la sociedad. En el Colegio Británico Markham, donde estudió primaria y secundaria, destacó en los torneos deportivos y en los juegos florales de poesía. En 1958 ingresó con el primer puesto en la Universidad Católica. Era un joven apuesto en un país afeado por la injusticia. En sus días de flamante universitario, según me contó su padre, don Jorge Heraud, emprendió un viaje por varios departamentos del Perú. Vio el horror de la desigualdad, el abismo de la explotación, los manchones de la miseria campesina. Su corazón de poeta, su lucidez de pensador, se estremecieron. “Después de ese viaje, Javier cambió”, me explicó don Jorge. Los ojos del poeta, “demasiado marrones y profundos” (Antonio Cisneros), se ensombrecieron de tristeza, de cólera.  
“He vuelto sin embargo, / con un raro sabor / a tierra amarga”, escribió en su poema “El viaje”. “El aliento / del odio incansablemente / habita / en el corazón / y en el sueño”. Un manuscrito inédito revelado por Cecilia Heraud, hermana del poeta, lleva este título premonitorio: “El río de la muerte”.
Después estrechó amistad con César Calvo, con quien compartió inquietud social, juveniles júbilos, y, más tarde, acción revolucionaria. Su viaje a Cuba, para estudiar cine, fue decisivo. Allí se entrenó para guerrillero. Se inscribió en el Ejército de Liberación Nacional encabezado por Héctor Béjar.
Aquella lucha armada fue derrotada. Javier había ingresado en el Perú desde Bolivia.  El asesinato a mansalva de Heraud, a la una de la tarde, fue contemplado por jóvenes de Puerto Maldonado. La escena causó dolor y cólera entre los muchachos. Dos meses después, colegiales de esa ciudad acordaron alargar el desfile de Fiestas Patrias para marchar, con los puños en alto, frente a la cárcel donde estaban encerrados compañeros de Javier.  
Ese gesto espontáneo era una lección de historia y de moral. Los jóvenes rendían homenaje al valor y a la tabla de valores de Javier: la justicia, la libertad, el sueño de un mundo nuevo.
 
* Tomado de La Primera.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Balada de los fríos


Serrat lee un poema de Jorge Debravo, estupendo creador costarricense, quien tuvo siempre como temas recurrentes la pobreza, la marginación y el armamentismo en el mundo.

martes, 30 de abril de 2013

Más allá de la esperanza

Esta mañana, después del desayuno, pasamos frente a la sexta cuadra de la avenida Meiggs, donde encontramos este grafitti que nos conmovió hasta las lágrimas.

1 de mayo: nada que celebrar



Augusto Rubio Acosta

El 1 de mayo, más que representar un día festivo, representa para la mayoría de peruanos una serie de pesares derivados del desempleo, el subempleo, las precarias condiciones de trabajo en que sobrevive un gran porcentaje de la clase trabajadora, así como la informalidad (disfrazada siempre bajo la etiqueta de ‘trabajo independiente’).
En el Perú, el sector informal supera ampliamente al porcentaje de trabajadores formales. Los problemas derivados del salario mínimo, la persecución de las grandes compañías a los sindicatos (violencia antisindical) y la inestabilidad que ciertos regímenes laborales aplican en la masa trabajadora, generan incertidumbre y zozobra en casi todos los ámbitos, debido a la sensación de que nadie sabe hasta cuándo trabajará en la empresa de turno, a la prácticamente nula presencia del Estado para defender derechos, y a la necesidad de generarse más ingresos de cualquier forma e ingeniosas formas de autoempleo para poder subsistir.
Mientras las mejores condiciones de trabajo en el Perú favorezcan sobre todo a los grandes empresarios y altos funcionarios, el aumento de la pobreza está lejos de ser detenida. El consumo interno ha aumentado en el país en los últimos años, pero surge de pocas manos, precisamente de ese sector privilegiado que dispone de un salario por encima del promedio y puede gastar en lo que desee.
La situación de la mujer, de los jóvenes y niños que trabajan, es también alarmante y denigrante por decir lo menos. El género femenino continúa siendo marginado de las jefaturas y percibe sueldos inferiores que los varones, los jóvenes son los que más sufren a causa de un subempleo pobremente remunerado, y los menores de edad explotados de muchas formas por gente inescrupulosa y hasta por sus propios padres.
¿Con qué cara pueden los trabajadores peruanos ‘celebrar’ el 1 de mayo? La fecha se presta únicamente para la reflexión, para analizar cómo impedir el retroceso de los derechos laborales, cada vez más atropellados y en franco retroceso. Vallejo tuvo siempre razón: ‘Hay hermanos, muchísimo que hacer’.

sábado, 27 de abril de 2013

En defensa del arte: reflexiones sobre el pequeño artista que vive en casa



Augusto Rubio Acosta

Desde hace días, cierto pensamiento y reflexión me persiguen. El hecho de que la profesora y la psicóloga de mi pequeño Josemaría, habitante de un aula de educación inicial (5 años), se hayan referido a su ‘falta de atención y comprensión’ durante las horas de clase y atribuyan el hecho a que el niño está sobre estimulado en diversas actividades lúdicas y artísticas, dejando expresa la ‘necesidad de apartarlo’ de las mismas para que no lo distraigan de la parte ‘académica’ ni se genere en él ansiedad por dibujar, pintar, escuchar música, otra vez pintar, de nuevoescuchar música, y tantas cosas más que le fascinan (que son su vida), me ha hecho recordar cierta lectura con las primeras reflexiones sobre la educación de la época moderna.
En Pensamientos sobre la educación’ (1693), John Locke advierte a los padres sobre la ‘necesidad’ de luchar contra la tentación de fomentar en sus hijos la vocación poética y mucho menos permitirla si ésta ya se ha presentado o desarrollado espontáneamente: ‘los padres deberían poner el mayor celo en ahogar y reprimir esa disposición poética tanto como pudiesen; no veo por qué un padre habría de desear convertir a su hijo en poeta, correr el riesgo de inspirarle repugnancia por las ocupaciones y los asuntos de la vida’. Locke señala el ‘peligro’ que -según él- implica dedicarse a los versos y a las ensoñaciones, ‘porque existe la posibilidad de convertirse en un inútil ante los trabajos serios y desafíos rentables que nos plantea la vida’. Además –insiste- ‘lo más probable es que nos lleve (o lleve a nuestros hijos) a frecuentar ciertas compañías más bien desastradas e impropias de un verdadero gentleman’.

El arte es para los niños (aunque jamás lo entiendan ‘profes’ ni psicólogas de turno) el medio de expresión que utilizan naturalmente y en forma de juego, constituye el camino para volcar sus experiencias, emociones y vivencias diarias. Hay niños que muchas veces se expresan gráficamente con más claridad que en forma verbal, siendo una actividad de la que disfrutan enormemente. Es el caso de mi pequeño Josemaría, quien satisface sus necesidades transformando objetos y hechos de la realidad y de la fantasía por medio del dibujo, de la pintura, de los papeles recortados y de las plastilinas; su conducta (para su plena realización) necesita del más alto grado de libertad interna y externa con respecto a él mismo y a quienes lo rodean. Por eso es importante dejarlo ser, invertir esfuerzo en ello.
¿Por qué suena imposible que quienes sienten fervor artístico puedan acercarse al bullir colectivo de la existencia que compartimos en lugar de alejarnos de ella?, ¿por qué pensar que el artista se desinteresará siempre de los asuntos de la práctica cotidiana y sentirá repugnancia por las ocupaciones que nos impone la vida? La disposición artística puede ser cívica, pero también civilizadora; puede llevarnos a frecuentar compañías ‘bohemias’ y pluriculturales que quizá alarmen a los gentleman, pero que poblarán de cultura y de verdades los rincones de nuestra obra, de nuestras vidas.
Quizá algún día el pequeño Josemaría lea estas líneas y se reconozca, se descubra en ellas. Quizá algún día se dedique al mundo ‘académico’ que le exigen en la escuela, quizá no; quizá la antropología, la observación social, las exigencias y contradicciones de la política, el derecho, la ingeniería, las ciencias naturales, sean lo suyo. Quizá en el futuro sea solo como su padre: un simple capitán de empresas de creación artística colectiva que marque su fecundo rumbo personal (ojalá el de su tiempo). Quizá algún día se entere del pirañita de John Locke y su temor de que los sueños poéticos desviasen la educación de sus propósitos ‘más útiles’. Quizá sus ‘profes’ nunca sean educadores de estilo hondo y ancho, de los que emplean los sueños de los más pequeños como una vía para desvelar y no para adormecer, para hacer nuestra realidad más clara y menos borrosa. Quizá haya que esperar cierto tiempo escuchando a The Beatles para ver qué ocurre, para constatar qué aflora de un niño que hoy solo tiene cinco años y una pasión desbocada y natural por las artes plásticas. Mientras, sus padres atentos lo apoyamos en el largo camino donde se enhebra la urdimbre de la que estamos hechos los seres humanos.

miércoles, 24 de abril de 2013

Hacia dónde vamos, qué camino seguimos


Augusto Rubio Acosta

En los últimos tiempos, en sociedades con autoridades que entienden a cabalidad la importancia de enhebrar cultura y desarrollo, la primera de éstas ha comenzado a redefinir paulatinamente su papel frente a la economía. Nadie duda ya acerca de su importancia como inductora de desarrollo y cohesión social, de su relevante papel ante la cuestión de la diversidad cultural, la integración de comunidades minoritarias, los procesos de igualdad de género y la problemática de las comunidades urbanas y rurales marginadas.

Sin embargo, en ciudades como la nuestra, los sectores políticos no perciben ni reconocen que la cultura juega un papel mucho más importante de lo que se supone y no entienden que las decisiones políticas, las iniciativas económicas y financieras y las reformas sociales, tienen muchas más posibilidades de avanzar con éxito si simultáneamente se tiene en cuenta la perspectiva cultural para atender las aspiraciones e inquietudes de la sociedad en que vivimos.

La contribución de la cultura como factor de cohesión ante los procesos de profundización de desigualdades económicas y de tensiones de convivencia social, es trascendente. ¿Qué tenemos que hacer quienes estamos involucrados en ella para que se no se le vea como un simple medio para alcanzar ciertos fines, sino como su misma base social?, ¿tan difícil es que se entienda la simpleza de una propuesta sostenible como esta que redunda en el beneficio de las mayorías? La respuesta tiene que ver con la inteligencia y la voluntad, con el deseo también de heredar a quienes nos siguen una ciudad y un país distinto. 

Los chimbotanos somos herederos somos de un rico legado histórico. Nuestros ancestros fueron, definitivamente, mucho mejores que nosotros. Hacia dónde vamos, qué camino seguimos…

El reino del loche


Augusto Rubio Acosta

Hace unos días, en el búnker, llegó a mis manos una publicación que considero imprescindible para entender la gastronomía del norte del país, un libro para acercarnos a su ADN, para entender el proceso cultural que vivimos, nuestra identidad. ‘El reino del loche’, extraordinario compendio de textos e imágenes que recoge costumbres y comidas de antaño, viandas populares, potajes del ayer y bebidas del festejo, es un libro que recorre los mercados, que ‘hace la plaza’, reúne a bohemios con apetito alrededor de platos exóticos de Lambayeque y elabora un auténtico catastro de espacios urbanos y rurales del buen comer.

Se ha echado al viento una publicación que -sin duda- debe formar parte importante en la biblioteca de todo buen sibarita. Las páginas de ‘El reino del loche’ están atiborradas de picanterías, chicherías y huariques con la sazón de verdaderos artistas de la cocina. En ellas es posible hallar los primeros reductos gastronómicos, periplos por Chiclayo, Lambayeque y Ferreñafe, las cocinas del litoral, Pomalca, Pampa Grande, Olmos, la sazón lambayecana en Lima. El libro de Mariano Valderrama (bellamente ilustrado con fotografías de Heinz Plenge) dedica también sus páginas a las delicias zañeras, a los postres lambayecanos y al king kong, emblemático dulce insignia de las tierras de Ñaimlap. Mención aparte merecen los placeres del mar, los insumos que se utilizan en la gastronomía del norte del país, las bebidas de la región y el enriquecimiento de la cocina determinado por el aporte de vertientes culturales europeas, africanas y orientales, así como por la migración proveniente de regiones vecinas.

La gastronomía lambayecana, herencia de los antiguos pobladores del reino Sipán quienes abastecían su mesa con una amplia gama de productos gracias al desarrollo de la agricultura, la pesca y el comercio, tiene en el loche (alimento milenario que solo crece en determinadas tierras) su ingrediente principal en la mayoría de recetas y constituye su emblema. Encomiable esfuerzo editorial y de investigación que ha hecho posible que la bibliografía del norte se enriquezca sobremanera con el título como el que aquí comentamos.

viernes, 19 de abril de 2013

La papa caliente de la cultura


Augusto Rubio Acosta

En tiempos en que ninguna de nuestras autoridades sabe (quién sabe no tienen la voluntad de) elaborar un plan cultural sistemático, concreto e integral sin favoritismos ni exclusiones, como tampoco de armar un equipo de trabajo sostenido, suficiente, con gestores y difusores que tengan experiencia y una formación mínima al respecto, así como que tengan –además y obviamente- capacidad de trabajo y que no actúen de modo displicente o con apatía frente al rubro, es muy complicado para quienes están detrás de la gestión de cultura en Chimbote sacar adelante la escena.

La necesidad de crear un programa que abarque todas las áreas posibles de difusión, suerte de hoja de ruta consensuada entre las instituciones públicas y los sectores privados interesados, es cada vez más grande. Se debe convocar a todos y recibir los aportes de cada uno de ellos sin excepción, crear un consejo consultivo permanente de temas culturales, turísticos, artísticos, históricos, pedagógicos, de identidad y memoria, formado por profesionales y conocedores con capacidad de proponer ideas vinculantes y con legitimidad, que sean refrendados por los funcionarios políticos y administrativos respectivos.

Si nuestros funcionarios (presidente regional, consejeros, los alcaldes, regidores y todos quienes están vinculados con las decisiones) no tienen una idea clara sobre los ejes hacia dónde debe ir el carro de la cultura, será imposible valorar los proyectos y planes culturales por su pertinencia, importancia, calidad, innovación, impacto social y económico o educativo; será imposible armar un banco de ideas y actividades que tenga un perfil detallado y muy preciso, sustentable y real; será un sueño formar un plan de sensibilización y fomento de la importancia del ámbito cultural entre funcionarios y empleados administrativos. Debe existir entonces una sensibilidad manifiesta y no impuesta. Si a eso le sumamos planificación, calendario de trabajo, presupuesto digno y estrategia de marketing y difusión (ojo con ello que resulta imprescindible), será imposible gestar el plan cultural descentralizado que Áncash y Chimbote necesita. 

La pregunta cae nuevamente en oídos de todos los involucrados con el tema: ¿Quién se hace cargo de liderar una cruzada como esta?, ¿quién media, quién gestiona, quién coge la papa caliente y hace realidad el sueño de todos los que deseamos una ciudad y una región digna y distinta?

jueves, 18 de abril de 2013

El irrisorio presupuesto de cultura para el 2013


Augusto Rubio Acosta

Es triste que a 319 millones 340 mil nuevos soles ascienda únicamente el presupuesto del Ministerio de Cultura que le ha asignado el Poder Ejecutivo para el año 2013, lo que representa 113 millones de soles más que el correspondiente al presente año, pero menos del 1 por ciento del presupuesto del sector público: 0,29%

Es lamentable y altamente indignante para una institución pública, que además tiene asiento en el Consejo de Ministros, recibir el presupuesto antes mencionado porque con ello es imposible llevar adelante retos importantes en lo que es patrimonio cultural, industria cultural, arte y acceso a la cultura, interculturalidad, así como generar sentido a la identidad nacional, implementar procesos de consulta previa a nivel nacional, protección de los pueblos indígenas en situación de aislamiento, y protección y difusión de las lenguas indígenas.

En verdad no sabemos cómo (con ese dinero) el Ministerio de Cultura puede tener entre sus metas principales para el año 2013 el fortalecimiento de las direcciones regionales de Cultura para que se conviertan en herramientas de acceso a la cultura; la protección y defensa de los sitios arqueológicos y el patrimonio cultural, que incluye la repatriación de objetos arqueológicos. Tampoco sabemos cómo se repotenciará el Archivo General de la Nación y la maltrecha y repetidamente saqueada Biblioteca Nacional del Perú, cuyo presupuesto para este año ascendió a la exigua suma de 19 millones 825 mil nuevos soles.

En fin, ya sabemos todos que al gobierno central –como al de la región Áncash y al de la comuna de Chimbote- no les interesa la cultura, pero igual nos indignamos y exigimos respeto y compromiso con lo único que es verdaderamente necesario e imprescindible.