domingo, 17 de febrero de 2013

Ser libres para crear, para pensar, para opinar distinto



Augusto Rubio Acosta
 
En las aulas, los maestros repetían con insistencia que las sociedades se construyen desde diferentes enfoques y pensamientos, desde diferentes grupos de pertenencia, y que en ello residía el valor principal del periodismo. En las aulas nos enseñaron que sin libertad de expresión no podría existir democracia y que el mejor ejemplo de ello era el momento que los peruanos vivíamos. Corrían los primeros años de la aciaga década del noventa y la dictadura fujimorista se encargaba de castrarlo todo y maquillarlo hábilmente. A quienes fuimos entonces noveles estudiantes de una universidad tomada por asalto por el Ejército Peruano nos quedó entonces muy en claro que mientras viviéramos entre dos fuegos (el Estado y la subversión manifiesta) debíamos poner énfasis en nuestra formación humana y ética a toda costa, en aprehender de cualquier forma los elementos y las herramientas que nos permitieran poner los valores del periodismo al servicio de la sociedad, porque ésta lo estaba necesitando a gritos, en forma desesperada.

La universidad se convierte entonces en un espacio para comprender cómo se constituyen las sociedades democráticas; en el ideario de la misma debería reinar la libertad de expresión entre todos los miembros de la academia y en todos los temas, no sólo en la libertad de expresión propiamente entendida como tal (estoy hablando de la prensa), sino sobre todo en el ser libres para crear, para pensar, para opinar distinto y aún así poder trabajar mancomunadamente como equipo. La constitución de las sociedades  democráticas se construye de esa forma y el periodismo cumple aquí un rol esencial. El día que se acabe el verdadero periodismo, se acabará la democracia e ingresará la dictadura. No habrá nadie ya que defienda al ciudadano, nadie que se constituya en la voz de los que no tienen voz, todo estaría perdido.

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