martes, 10 de febrero de 2009

El mayor de los vicios

Augusto Rubio Acosta

La historia de mi adicción –felizmente gratuita- se parece a muchas otras adicciones; se parece a las que padecen aquellos que se dejan dominar por el hábito del juego o de los tóxicos; se parece a aquella de la cual son víctimas los “peloteros” de fin de semana, con el inminente “full vaso” incluido; se podría decir que mi adicción es similar a la de las personas que no pueden vivir sin ver televisión, sin gimnasio, sin ir al estadio, sin salones de belleza, alcohol y cigarrillo.

Pensar que todo empezó en 1979, cuando empecé a vestirme de lunes a viernes con el absurdo uniforme gris que diseñara Mocha Graña y que los curas italianos del colegio Raimondi -donde lamentablemente me matricularon- obligaban a usar a la parvulez. Por ese tiempo, en la pequeña biblioteca escolar se podía leer “Mambrú no fue a la guerra”, y los “Cuentos al amor de la lumbre”. Así empecé a “perderme” para siempre…

La otra mañana -después de la resaca- me preguntaba cuántas horas de mi vida habré invertido en el vicio. Después de algunos cálculos, llegué a la conclusión de que el tiempo podría ascender a un año o tal vez dos. El hecho es que las bibliotecas empezaron a atraerme desde que estaba en primer grado y hoy -casi treinta años después- continúan siendo uno de los pocos lugares donde me siento a verdaderamente gusto y a salvo de esta vida gris, triste y putrefacta.

¿Que si soy adicto a las bibliotecas?, pues sí, lo soy (recién se dan cuenta), y además no pienso curarme. La historia de mi enfermedad comenzó en los viejos anaqueles raimondinos, una típica biblioteca con enciclopedias antiguas que probablemente habían sido compradas por metros para servir de adorno, y donde los retrógrados profesores que tuve dormían la siesta en sus horas libres. En esa biblioteca los libros infantiles casi no existían; era un lugar sombrío y solemne, casi siempre sin lectores. No recuerdo haber coincidido con ningún otro compañero de promo en ese espacio (algún día les contaré por qué), pero de vez en cuando sentía una sombra asomarse y observar con suspicacia. ¿Qué rayos hace el Cabeza e´ libro por aquí?

Habré tenido diez años cuando por primera vez salí a pie de mi casa de Meiggs 117 y me dirigí hasta la Biblioteca Municipal César Vallejo, que por entonces funcionaba en la Plaza de Armas. Desde entonces la aventura (el vicio) se hizo habitual. La biblioteca edil lucía semi abandonada, pero existían libros que nunca había leído. Ahí conocí a otros viciosos (hicimos mancha); qué felices hubiéramos sido con todo lo que existe ahora: las sesiones de cuentacuentos, los talleres de pintura, música, teatro o escritura, las excursiones a alguna playa para construir castillos de arena o de palabras.

Las bibliotecas se convirtieron desde entonces en mi adicción, en parte indispensable de mi vida; primero como lector infantil y adolescente, después como estudiante universitario, escritor y periodista. Pensaba contarles más sobre las bibliotecas y la vida, pero el tiempo es tirano siempre en este espacio, así que lo dejamos para otra vez. Sólo espero que las noticias que vengan a continuación verdaderamente valgan la pena. No más pasaba por aquí al frente y me detuve un toque a ver si vendían marcianos (mentira). Ah, y porsiaca ya no me escriban al blog ni a mi correo, tampoco me llamen a mi jato por joder nomás: “¡Cabeza e´ libro, Cabeza e´ libro…!”, porque les voy a hacer el seguimiento en Telefónica, advertidos quedan. El miércoles próximo caigo por aquí (ojalá los encuentre); quien sabe los de “Escenario público” todavía me aguanten para entonces y se hayan quitado aunque sea las legañas de tanto madrugar. Ya me voy. Tere, anda sirviendo el desayuno: para mí tres panes, dos con jamonada, el otro con soledad.

3 comentarios:

  1. amigo, un pan más mìmimo en el desayuno.
    easy to eat. pan con soledad noooo mejor con chesse.
    te presto mi waflera

    zu

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  2. Gucho, tienes razón, la lectura es como un vicio, oliendo páginas, transportándonos a espacios inaccesibles, brilla la palabra.
    Me apena mucho decirte que yo empecé un poco tarde con la "fumada" de libros. en el colegio no se promueve la lectura y no creo que tenga que haber planes lectores la iniciativa debe ser compartida sino nada funciona.
    Lecturas de mis inicios fueron cosas tan dispares como La isla del tesoro de Robert L. Stevenson, como El Alto Estado alemán de Barry Leach, siguiendo a Midway,momento crítico y Stalingrado de la excelente colección de Editorial San Martín. Después vino el deseo por leer literatura (de Bryce ya no me acuerdo)y Saramago con Solzhenitzin y su pesado y voluminoso archipiélago gulag, después a VLl y de ahi Poe,Capote, Mailer,y algunos clásicos como Victor Hugo (creo que es uno de los pocos que he releído con entusiasmo)y un largo etcétera...
    literaverba

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  3. estimado literaverba,
    brilla la palabra. provecho con la "fumada" de libros.
    este sàbado sì hay programa radial. la semana pasada un "accidente" impidiò que salgamos al aire.
    creo que ahora sì te puedes sacar el clavo con los miserables.
    nos vidrios...

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