lunes, 5 de agosto de 2013

Bibliópatas


A pesar de discrepar con el título que el autor ha colocado a las líneas que a continuación comparto (los bibliópatas son solo fetichistas a quienes no les importa en absoluto el contenido o la belleza literaria de un libro, y se reducen a simples y vulgares coleccionistas que se fijan en las páginas, en la fecha, en la conservación de los ejemplares, en el número de edición, en el ex libris, y generalmente juzgan un libro por su portada), se trata -sin duda- de un texto que refleja el verdadero sentir y la desesperación que agobia en determinadas circunstancias a quienes amamos la buena literatura. El origen de estas líneas es una llamada telefónica realizada por el suscrito desde la esquina de Quilca y Camaná, la tarde del último sábado. Es también el homenaje a una amistad surgida hecha papel y tinta. (Nota del editor) 
Marco Zanelli

Para Gucho Lakra, en su búnker libertario

Conozco la enfermedad más sana. La conozco desde adentro, por supuesto, porque vivo enfermo de ello y a lo único que me ha conllevado es a motivar una felicidad interna, un parecido a la convalecencia que nada tiene que ver con reposo y sí mucho con papeles. El nombre de este padecimiento benéfico es la lectura. Me tiene echado en mi cama, inmóvil, o me atrapa en la combi como los estornudos alérgicos provocados por esta ciudad de tolvaneras achacosas.
Sé lo que es perderse un partido de fútbol, el cumpleaños de alguien o las borracheras inefables del fin de semana, por dedicarme a la lectura. Soy de los que procrastina otra actividad por leer. Ese emplazamiento, por supuesto, no es gratuito: cobra sus desventajas, me llena de excusas inapropiadas, me regala miradas dubitativas. Pero es así: leo, luego existo. 
Mis bolsillos tienden a sufrir cuando visito librerías. En Alfonso Ugarte me siento vacío cuando me voy sin nada porque solo llegué a ojear las estanterías empolvadas repletas de volúmenes viejos. En otras librerías, donde el pirateo benigno no llega, termino triste pues los precios son elevados y a veces el dinero no alcanza. He llegado a pedir préstamos debido a mi enfermedad. Acaso alguna vez me endeudé. Dejé de pagar recibos importantes por un libro de Faulkner y por los cuentos completos de Cortázar.
Lector(a) aléjese de ese vicio: (no) se lo recomiendo.
Hace algunos días, Augusto Rubio Acosta me llamó desde Lima. El suscrito andaba leyendo el tercer volumen de los cuentos completos de Cortázar. “Deshoras” es un cuento vivencial, tierno. Pero Augusto me telefoneó (interrumpió) no sé si para informarme de su desesperación o para sacarme pica de todo lo que él podía ver y yo no, de todo lo que había comprado en la XVIII Feria Internacional del Libro de Lima y yo no, de todo lo que me estaba perdiendo. Sin embargo, estoy seguro que tenía una buena intención.
-Ya no sé qué hacer- me dijo-. Me voy al carajo, en serio…
Sabía a qué se refería. Ese momento donde uno se siente atropellado por tanta portada, tanta oferta, tantas páginas y tantas ganas de…
-No importa- le dije-: ¿hay algún lugar donde nadie te vea?
-Sí, pero… ¿delinquir ahora?- dijo, no con pánico sino con firmeza.
-Sí- dije-, ¿qué hay alrededor?
-“La montaña mágica”, de Mann, a increíbles cuarenta soles; los diarios completos de Dostoievski, a ciento veinte y en tapa dura; “El animal moribundo”, de Phillip Roth, a treinta y cinco, pero con letra demasiado pequeña. Ya he comprado ocho novelas, aparte de “Plano Americano”, de Leila Guerriero, que lo encontré a buen precio en Quilca, donde mi casero; “Prosas apátridas”, de Ribeyro, que no lo tenía; y los diarios completos de Andy Warhol, también en tapa dura.
Comprar libros es como comprar frutas. Ciertamente, en el mercado cada uno tiene su casero, el que le da su “yapita” y con quien se intercambia palabras corteses, preguntas de cómo va el negocio y asuntos superficiales; así, en las librerías, cada uno también tiene su casero: el que rebaja el precio, el que sabe de los autores que uno busca, el que grita la oferta que sabe que enganchará a la mayoría de bibliópatas dispuestos a todo con tal de adquirir un tomo.
-¿Y cuál libro piensas llevarte al fin?- le pregunté a Augusto, como para ponerlo en jaque.
-El de Dostoievski. Me voy a quedar sin dinero para el pasaje de regreso, me he excedido en la FIL, he comprado varios films independientes, pero finalmente ya nada importa, Marco, nada; regresaré en colectivo, en un bus de quinta (y de ruta), por último hasta en el remolque de un camión atestado de cerdos podría volver, pero el libro es primero.
-Hazlo- le dije, casi como una orden.
Augusto colgó, minutos antes se había arrepentido de haber cenado, de haber desayunado y almorzado el día anterior. “Maldita sea, hubiese comprado algunos libros más”, dijo. Convencido de no almorzar ese sábado que me llamó y luego regresar a comprar los diarios de Dostoievski a su casero del jirón Quilca, no supe más de él (desde entonces no lo he visto, pero sé que está bien porque he leído los post de ayer y hoy en su viejo blog). Hace tiempo que sé que los libros íntimos, las autobiografías y los diarios de escritores, tienen demente a Augusto. Y cuando un lector maldito, apasionado y voraz hurga por un libro (lo que llamo: el libro buscado) no importa lo que significa el dinero ni sus consecuencias. Ese escozor de no poder llevarse el libro buscado es el mismo de quien ve un partido de vóley y pierde su equipo favorito vía un resultado absurdo. El libro buscado aparece en sueños, metamorfoseado en pesadillas, quita las ganas de pensar en asuntos importantes y se presenta como un deseo vehemente, algo que ya raya en la locura o -como ya dije- en la enfermedad más sana que pueda existir entre nosotros, bibliópatas perfectos.

2 comentarios:

  1. Te dejo este poema del tío Bukowski que va de la mano con este post. Se llama "El incendio de un sueño":

    la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
    ha sido destruída por las llamas.
    aquella biblioteca del centro.
    con ella se fue
    gran parte de mi
    juventud.

    yo era un lector
    entonces
    que iba de una sala a
    otra: literatura, filosofía,
    religión, incluso medicina
    y geología.

    muy pronto
    decidí ser escritor,
    pensaba que sería la salida
    más fácil
    y los grandes novelistas no me parecían
    demasiado difíciles.

    tenía más problemas con
    Hegel y con Kant.

    lo que más me fastidiaba
    de todos ellos
    es que
    les llevara tanto
    lograr decir algo
    lúcido y/o
    interesante.
    yo creía
    que en eso
    los sobrepasaba a todos
    entonces.

    descubrí dos cosas:
    a) que la mayoría de los editores creía que
    todo lo que era aburrido
    era profundo.
    b)que yo pasaría décadas enteras
    viviendo y escribiendo
    antes de poder
    plasmar
    una frase que
    se aproximara un poco
    a lo que quería
    decir.

    la vieja Biblioteca de Los Ángeles
    seguía siendo
    mi hogar
    y el hogar de muchos otros
    vagabundos.
    discretamente utilizábamos los
    aseos
    y a los únicos que
    echaban de allí
    era a los que
    se quedaban dormidos en las
    mesas
    de la bilioteca; nadie ronca como un
    vagabundo
    a menos que sea alguien con quién estás
    casado.

    bueno, yo no era realmente un
    vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
    y sacaba y devolvía
    libros,
    montones de libros,
    siempre hasta el límite de lo permitido:
    Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
    e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
    Dos, Dos Passos, Túrgenev, Gorki,
    H.D., Freddie Nietzsche,
    Schopenhauer,
    Steinbeck,
    Hemingway,
    etc.

    siempre esperaba que la bibliotecaria
    me dijera: "qué buen gusto tiene usted,
    joven".

    pero la vieja
    puta
    ni siquiera sabía
    quién era ella,
    cómo iba a saber
    quién era yo.

    James Thurber
    John Fante
    Rabelais
    de Maupassant

    algunos no me
    decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
    Tolstoi, Robert Frost, F. Scott
    Fitzgerald
    y consideraba a Gogol y a
    Dreiser tontos
    de remate.

    la vieja biblioteca de Los Ángeles
    muy probablemente evitó
    que me convirtiera en un
    suicida,
    un ladrón
    de bancos,
    un tipo
    que pega a su mujer,
    un carnicero
    o un motorista de la policía.
    y, aunque reconozco que
    puede que alguno sea estupendo,
    gracias
    a mi buena suerte
    y al camino que tenía que recorrer,
    aquella biblioteca estaba
    allí cuando yo era
    joven y buscaba
    algo
    a lo que aferrarme
    y no parecía que hubiera
    mucho.

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  2. Me sentí identificada con el post, la lectura es simplemente un placer. Gran poema!

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