miércoles, 21 de enero de 2009

Limbo

Allí no hay interior ni exterior
sólo muerte y origen
el horrendo manantial
donde la pureza se consagra.

/ JUAN OJEDA

Augusto Rubio Acosta

Es tarde, de madrugada casi, nuestro aliento a licor se mezcla con el gélido ambiente que domina el dormitorio empapelado con el color de las imágenes crispadas, deformes y subjetivas de Much, Kokochka y Ensor. Dentro de poco, la oscuridad cederá su reino a la mañana y tendremos que asumirlo todo: comunicar a la familia, acomodar el cadáver, retirar las sábanas y echarlas a remojar en detergente, abrir ventanas y roperos, dejar evadirse el aire enrarecido de la muerte y el olor a semen que se ha apoderado de nuestra ropa y cabellos.

Estamos solos pero Adriana habla en voz baja, como si Ernesto fuera a escucharnos. La meningitis de su tío Víctor, el funeral, y el no sé cómo chucha vine a parar a esta Lima que me apesta, me jode y además me irrita, se fusionan con la rumorosa llegada de cierta música a sus oídos, proveniente del tocadisco en la habitación de al lado. Todo. Su nacimiento no planificado, las catorce casas donde vivió, el hábito morado que le ponían para prevenir una nueva neumonía y hasta la bolita de grasa que le extirparon del rostro cuando niña en una operación que a duras penas recuerda. Todo. Adriana cuenta y yo la escucho; es como si ella hubiera necesitado de esta circunstancia, como si la aprovechara al máximo para ahondar en esa su condición compleja, velada y oscura que tanto me apasiona.

Habrá sido en una de esas marchas, en las movilizaciones populares contra el gobierno. Quizá fue en el puente Gálvez, durante la hora cero en que la turba de obreros se enfrentó a la policía con piedras y palos; y nosotros -los escasos estudiantes presentes- humedecíamos el trapo pegado a la nariz para evitar asfixiarnos con los gases lacrimógenos que habían arrojado los uniformados. Ahora que recuerdo, estuvimos juntos aquella vez de los saqueos, la balacera y los neumáticos humeantes en la carretera. Miles, miles de obreros en las calles, voces, clamores absurdamente sostenidos por la fe de una muchedumbre intentando fundar una tierra nueva…

Habrán sido sus deslices verbales y auditivos, sus actos fallidos. Habrán sido las lagunas, olvidos, evocaciones y llantos in promptus que a veces la asaltaban. Me habrá atrapado el enigma de su ancho mundo, el río interior, las perturbaciones del alma que dejaba asomar y su inenarrable escepticismo, todo aquello que terminó de involucrarme en sus pequeños problemas…

Un haz de luz proveniente del poste de alumbrado público se ha filtrado por los intersticios en los kelkos de la ventana. Un fino hilo de luz y Adriana está llorando. Se abandona paulatinamente a sus anemias, a la infección de sus riñones y a sus padecimientos lumbares, a las bolsas de agua caliente y los masajes, las vértebras juntísimas, las zamaqueadas del huesero en el corazón de la ciudad. Adriana se abandona al uniforme gris de su escuelita fiscal, a sus crayolas partidas que le aumentan el llanto; a sus casas en el malecón y en Dertreano, con cierta alegría; a la imagen de la empleada del barrio San Pedro llevándola a misa y al camal municipal; al recuerdo entrañable de los animales domésticos de casa y su pequeño reino. Todo. Uno a uno, palabras tras momento, idea tras palabra, su inconsciente aflora y yo soy el testigo ineluctable de sus grandes contradicciones.

La noche avanza incontenible y el olor del alba pronto se enseñoreará en esa la vieja casa de Ernesto. A media cuadra, en la avenida Arequipa, sólo circulan a esa hora algunas prostitutas, alcohólicos y ladronzuelos de poca monta. La vida continúa en Lince y la mayoría de sus habitantes duerme. Sólo Adriana y Juan, acompañados de Ernesto y a puertas cerradas, asisten a sus actos inconscientes y deseos reprimidos; ella se entrega a decir lo que le pasa en el momento por la cabeza, intenta él interpretar: Nunca he sabido por qué mierda me vine a Lima; mejor me hubiera quedado en Chimbote, allá no era tan puta, tan borracha y tan misia, tan sincera…

¿De qué me ha servido esta vida, contar las campanadas en el reloj alemán del Parque Universitario y libar por las muchachas en flor que aún deambulan por el Patio de Letras, si finalmente terminaré alistándome –como siempre lo he sabido- en mis más atroces y terribles días?, ¿de qué me ha servido todo si la vida se reduce al vuelo de moscas impávidas en las inmundas vigas del techo?, ¿y qué hago con este ventilador monocorde, con el tedio y la bruma, si hasta en los teléfonos públicos que me han oído hablar de la muerte se han reído a carcajadas mis anónimos interlocutores?...

El viernes, cuando desperté borracho a las diez de la mañana sobre el grass de la Plaza Francia, Camila –nuestra amiguita de Villarreal- se acercó a darme de beber un poco de agua. De hecho que no le desmentí lo de la otra noche; le habrán contado que trepé hasta su cuarto y atravesé su cama –felizmente vacía- a cuchilladas. Camila, me llevo el minutero de tu reloj averiado, tal vez lo vaya a necesitar…

Desde marzo pasado, en que ingresé a la Escuela Nacional de Bibliotecarios, como que he estado más tranquilo. Ya no es como antes: no correteo a pedradas a los que dicen ser los poetas más laureados del Perú, ni me han vuelto a echar sin aviso de mi habitación en la residencia universitaria. Tampoco me he vuelto a lanzar de tres, cuatro pisos; y en Chimbote como que la familia se ha quedado más tranquila. Ahora releo a Caronte y escribo más que antes, de vez en cuando converso con las gitanas lánguidas de El Porvenir, bebo con menos desesperación en el Jamaica, y normalmente me empierno con la cojuda ésta que, puta, sabe moverse y tira como los dioses; así cómo uno no se va a endulzar…

- La vida, ¿qué es la vida para ti, Adriana, qué cosa?... ¿Cómo ha sido el día a día con esta sombra de hombre, con éste Ernesto que por fin se pudre y con los ojos abiertos, como si estuviera escuchando la clase de filosofía del profe Russo?... Primero dime qué es la vida y te confieso algo que con el pasar de los días me ha venido machacando la cabeza con su certeza…

- Ernesto siempre me maltrató, tú sabes. De la violación impune pasó a compartirme solidariamente con todos, con sus amigos. Solía telefonear a quienes más consideraba y ofrecerme sexualmente a cambio de trago, de fiestas y parrandas sin nombre, todo tipo de favores… La vida es eso: vida. Pero yo a Ernesto lo quería; sería costumbre, masoquismo, no sé. Hubo momentos en que él fue muy bueno conmigo, él me devolvió la alegría. Yo amaba a Ernesto, Juan, y ahora que lo tengo aquí con los ojos abiertos, me siento más perra que nunca, más triste…

Las tres de la madrugada y el ron con coca cola circula por nuestras venas enervándolo todo. Los enormes senos de Adriana vibran y se bambolean al compás que imponen sus firmes caderas entregadas a la más abyecta de mis pasiones. El cuerpo de Ernesto lo soporta todo: el forcejeo a la hora del delirio, los gemidos enloquecidos arañando la noche; así, asiste al aniquilamiento total, a la desaparición de cualquier atisbo de su orgullo. Adriana ríe, Adriana llora; acaballada, se retuerce en esta estrecha cama para tres y con los ojos cerrados; recuerda cuando era niña y vestía con la ropa de sus muñecas a los gallos en el corral de su casa. Se ha vuelto a ver sacándole shucaque a sus gatos, regresó a las noches en que su padre llegaba ebrio a casa y la obligaba a dormir en su cama, eran los días en que mamá lloraba y tenía miedo de quedarse sola para siempre. ¿Sabes?, una vez, cuando era adolescente y mientras caminaba por la chacra de mis abuelos en la sierra de La Libertad, un rayo cayó a escasos metros de mí y como que me llenó de energía; fue una cosa extraña, no se lo he contado a nadie... Desde entonces mi vida dio un vuelco, las cosas cambiaron y pronto me vi envuelta en una especie de espiral, de túnel sin salida y atiborrado de dificultades de todo tipo; felizmente siempre he hallado esa luz, esa chispa, la descarga eléctrica que impensablemente me ha devuelto al camino. He tenido una vida jodida, Juan, te he contado… Ven, no salgas de mí, abrázame, quiero que permanezcas dentro…

A través de los intersticios en la ventana, la añosa cama de hierro se ilumina otorgándole a la habitación peculiares tonos grises, negros y ahumados. Empieza a clarear afuera y una tenue garúa humedece las veredas y el asfalto. Es un día común y corriente de noviembre como para que acontezca mi muerte. Debería haber muerto mucho antes. Debí morir la noche esa en la que pernoctamos agazapados y leyendo poesía en los altos del cine Leuro, con su fachada, sus baños, hasta su azotea art decó. Debí aventarme aquella vez del edificio y ponerle fin al cansancio y aburrimiento que atosiga mi vida. A esta altura ya ni fuerzas tengo para emprender un nuevo poemario, ni siquiera energías para empezar un verso. Me he pasado la vida despidiéndome, es cierto, y los cuatro gatos que dicen ser mis amigos ni siquiera se han dado cuenta. Piensan que soy silencioso porque para ellos soy “cojudo por naturaleza”, creen que la voz en sordina que a veces se me atribuye es gratuita y está relacionada con cierta incapacidad para escapar de mi sombra... Los brazos de Adriana me aprisionan, sus piernas contra las mías me dan calor. La idea de salir ahora de este lugar me asalta. Me incorporaré sin ruido, me vestiré y la dejaré durmiendo; saldré a la calle, escogeré un auto con buenas ruedas y comprobaré –conforme se vaya acercando a toda prisa- lo cobarde o valiente que soy. Ya todo está dispuesto: los poemas y el libro estructurados, la carta en blanco a papá que llevo en el bolsillo, y esta cita de Jung que dejará de machacarme la cabeza como en todos estos años: ¿Sabes cómo atormenta el Diablo a los réprobos?... Los hace esperar.

Yo siempre he vivido en el infierno y de la vida sólo conozco un rostro destrozado: el rostro de la niebla más dura que los sueños inútiles. Pero ya no quiero estar solo con el precario mundo que cargo, tampoco ser el desterrado, el expatriado que siempre he sido; ya no espero nada: ni humanidad verdadera ni el abrazo y la solidaridad de nadie. ¿Hacia dónde vamos?, ¿cuál crees que va a ser el destino final del hombre?... Ya se acabó el tiempo de andar indagando, la sabiduría señala que ya no hay nada más aquí; hay que explorar entonces fuera de esta fábula, fuera de esta tierra abandonada por los putos dioses. Yo habito el cadáver de un Dios, Adriana; mis páginas, la verdad, ya no pueden sangrar más…

El espejo le devolvió una mueca a Juan, poco antes de salir. Afuera, la calle tranquila y un emolientero insomne. La cuadra 23 de Arequipa, el asfalto húmedo, y él se siente visible y vulnerable. Al fondo de la calle, un auto blanco y su juego de luces. En la vía, un hombre desgarrado por el ruido quieto del exilio en su propia tierra se enfrenta a la sabiduría maloliente, al todo o nada, al terror inevitable de una atroz incertidumbre…

* Ilustra este post un óleo del iniciador del impresionismo, el célebre Èdouard Manet.

3 comentarios:

  1. augusto. me parece un cuento excepcional. solo comparable con ese cuento de la chica del circo que està en avenida indiferencia ¿cómo se llama ? la atmòsfera siempre es importante en un cuento y la veo lograda. hay cosas que me gustarìa me comentes o le comentes a los lectores sobre la vida de ojeda, ¿porque sobre la vida de ojeda es el cuentyo no? el epìgrafe asì lo hace poensar...
    la voz de la chica està lograda. te felicito con este abrazo..
    que todo te vaya bien en trujillo

    daniel

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  2. si asì ha sido la vida de ojeda, ahora entendemos porque escribìa asi el tio.

    clau

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